"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE X: EL FORJADOR DE ARMAS

Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la décima.

Ver el final del documento para más notas.

Contenido sensible (TW): en este relato encontrarás menciones a sangre y escenas violentas.

Día 10 - Concepto: TRANSFORMACIÓN.

"el forjador de armas"

Está cerrado, proyectó Camille en su mente, voy a tener que dar un rodeo.

Usa la daga, resonó la voz de Azazel dentro de su cabeza, y no me esperes.

¿Qué ocurre?, pensó ella.

Tan solo una breve distracción.

El poder hablar con otra persona sin tener que decir las palabras en voz alta no era algo a lo que la guerrera se hubiera acostumbrado aún, y no se imaginaba un futuro cercano en el cual le resultase normal. Pero esa era la única forma de comunicarse con su compañero a distancia. Y además, Azazel no era una persona.

Camille desenvainó su daga flamígera, Arcana, y la clavó con fuerza en la cerradura de la puerta. Apenas si la tenía desde hace unas semanas, pero sentía que siempre había estado con ella, como si fuese una extensión de su propio cuerpo. De igual manera se sentía con el látigo, Embaucador. Azazel le había enseñado que las grandes armas siempre debían poseer el honor de ser nombradas.

La cerradura no opuso resistencia, la daga entró como si el metal fuera una corriente de agua, y calentó el cierre hasta que el propio metal se disolvió, goteando hasta el suelo y abriendo la puerta a su paso.

Guardianes menores comenzaron a llegar por el final del pasillo. Azazel la había preparado para esto. Esta era su misión. Camille no estaba nerviosa, tan solo expectante.

Esquivó las garras del primer monstruo de luz, agachándose para cortar a otro en el torso con la daga. El ámbar de la empuñadura se iluminó y el guardián se deshizo en niebla. Tres criaturas humanoides más se pusieron frente a ella, que deslizó el látigo desde su antebrazo y lo batió hacia delante, atravesando las figuras, partiéndolas como si estuviesen constituidas por bruma misma, clara y apretada.

Antes de que se formaran de nuevo, los cortó Arcana, cuyo cristal se volvió a iluminar, atrapando para sí la fuerza de las criaturas. Azazel no le había explicado con exactitud lo que eso significaba cuando se la entregó, tan solo que en momentos oscuros, confiara en ella.

Un nuevo latigazo resonó en la habitación, y dos monstruos de bruma cayeron ante ella.

Camille continuó abriéndose paso por la Ciudadela.

 

Azazel frenó en seco al encontrar a Gabriel frente a él en el Salón de las Almas.

―No esperaba encontrarte aquí, hermano ―dijo Azazel, sonriendo al otro ángel―. Esta Ciudadela no va nada con lo serio y regio que tú eres. Está por debajo de ti.

―No te mofes de mí, Azazel ―repuso él―. Entrega tus armas y se te perdonará la vida.

―¿Sí? ¿Y qué vida será esa?

―La que se te destinó ―sentenció Gabriel.

―Ya, creo que no. ―Azazel invocó su mandoble angelical, el primer arma que había forjado, y se puso en guardia.

Azazel no era tonto, sabía que Dios había enviado a uno de sus mejores guerreros a detenerlo, y también sabía que no sería una lucha justa, aunque en defensa de Azazel, tampoco tenía que serlo. Tan solo quería que Camille llegara a la Sala del Códice. Si la mujer podía cogerlo y salir de ahí, su trabajo se completaría, de una forma u otra. Podría descansar. Al fin.

Esgrimió su mandoble hacia delante, haciendo que las chispas cubrieran la habitación cuando Gabriel, tras invocar su arma, hiciera que ambas chocaran.

 

Az, lo tengo, proyectó Camille a través de la conexión mental que ambos mantenían.

Bien, ahora sal de aquí,  ordenó él.

¿Dónde estás?

No me esperes, Camille. La misión es más importante, proyectó Azazel.

No sin ti, aseguró ella.

Camille se acercó al altar y observó el libro de cerca. No era demasiado impresionante, tan solo un libro con la cubierta negra y símbolos ilegibles grabados. Ni siquiera intentó descifrarlos, Azazel lo haría para ella cuando salieran de allí.

Al tocarlo, un sentimiento de familiaridad la recorrió. Había sentido algo similar antes, cuando tocaba a Azazel, como si él y el libro estuviesen constituidos por la misma sustancia, la misma esencia.

La tensión embargó a Camille. Miró a su alrededor frenéticamente, buscando una razón, pero no descubrió nada. Se encontraba sola en la habitación dorada y blanca. La mujer se dio cuenta tras unos segundos. La tensión no provenía de ella misma, sino de Azazel, quien no había podido evitar transmitirla a través del vínculo que compartían. La guerrera nunca había visto tenso a Azazel. Quizá una vez.

¿Qué ocurre?, urgió ella.

¡Márchate!

Un grito desesperado, un ruego suplicante.

Algo completamente impropio de Azazel.

Camille comenzó a tirar de la conexión, que se estiraba como un lazo invisible ante ella, aclarando el camino que debía seguir.

 

Azazel se arrastró hasta la pared y se apoyó allí a esperar que sus heridas lo mataran. Solo que en realidad no lo matarían, tan solo lo enviarían de vuelta al Infierno. Aquel inhóspito y solitario lugar ardiente al que había sido confinado por toda la eternidad.

Sus párpados comenzaron a caer inexorablemente cuando unos cabellos rubios aparecieron en su campo de visión, acompañados por el olor a bosque y ceniza que le indicaron que en efecto, su ayudante había desobedecido su orden. Siempre lo hacía, la muy condenada. Ahora moriría con él. Quizá incluso se encontraran en el Infierno.

―Debes marcharte ―susurró Azazel, aferrándose a sus aromas en busca de claridad.

―Nos marcharemos juntos ―respondió Camille. Su estúpidamente dulce voz lo trajo levemente de vuelta―. Dime que hacer. Guíame.

Las suplicas de una mujer que no tenía nada que hacer.

―Gabriel te matará a ti también ―dijo Azazel―. No eres rival para él.

―¡Pues no perdamos el tiempo!

Había una posibilidad. Azazel lo sabía desde hace mucho, y había querido ponerlo en práctica desde hacía meses, continuamente retrasándolo, aferrado al hecho de que ahora Camille estaba viva, y podía no estarlo si él…

―La daga ―pidió Azazel. Cami la desenvainó y se la puso en la mano―. Remángate.

Camille se levantó la chaqueta sin siquiera dudar. Mientras marcaba en su carne el símbolo de los ángeles, Azazel proyectó un único pensamiento, un único mantra, mientras su ayudante soportaba regiamente un Infierno entero. No tengo miedo, repitió una y otra vez en ambas mentes.

No tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo.

Siguió repitiéndolo una vez terminó de dibujar aquel símbolo, uno que ya no le estaba permitido. Acto seguido, se hizo un corte en la muñeca con esa misma daga, que abrasó su piel como un rayo resplandeciente.

―Date prisa, ya no queda mucho legado en mí, mi reina ―susurró Azazel.

Camille se acercó a su muñeca, dudando por un segundo.

―¿En qué me convertiré?

―En futuro ―respondió Azazel.

 

Camille acercó los labios a la goteante muñeca de Azazel, pero en su mente solo había espacio para un mantra. No tengo miedo.

La espesa sangre del ángel abrasó la garganta de la mujer, catalizando una combustión por todo su cuerpo. Camille perdió el control sobre sí misma y cayó al lado de Azazel, retorciéndose a causa del fuego.

No tengo miedo. No tengo miedo. No tengo miedo. No tengo miedo.

La mano de Azazel se aferró a la suya. Sabía que no la dejaría marchar. El familiar contacto la mantenía consciente.

 

No tengo miedo. No tengo miedo. No tengo miedo. No tengo miedo.

Sobrevive, Camille, si alguien puede eres tú. Sobrevive, reina mía.

Gabriel abrió de golpe las dos hojas de la puerta, visiblemente más enfadado que antes.

Azazel miró por primera vez la bolsa de Cami, y sintió la presencia del libro que contenía. El libro del propio Azazel, un poder que le fue arrebatado.

El arcángel se acercó a ambos mientras invocaba su espada. Recuperó la bolsa con el libro y apuntó el filo al pecho de Camille. Al descargarla sobre ella, Camille levantó ambas manos a la vez, juntándolas sobre la hoja del arma, impidiendo su avance.

Gabriel perdió su determinación durante un instante, incapaz de asimilar que una mujer cualquiera hubiera detenido su hoja, y más, que el atrevimiento no la hubiese reducido a cenizas. En vez de eso, ella comenzó a absorber parte del poder y sobrecargó el filo del arma, mandado atrás al ángel, haciendo desaparecer la espada que los amenazaba.

 

El poder bullía dentro de Camille, instándola a moverse, instándola a actuar, a luchar, a vivir. Al incorporarse, la mujer vio cómo el símbolo que Azazel había grabado en su piel se había recubierto de una costra negra.

Se movió por instinto, atraída hacia el hombre. Apoyó una mano en sus heridas del abdomen y otra en su mejilla, y dejó ir parte del poder que acumulaba dentro. Azazel comenzó a recuperar su calor y levantó una mano para sujetarse a ella.

Camille seguía traspasando parte de su poder cuando el hombre la empujó violentamente a un lado, evitando que la espada de Gabriel la atravesara. Al parecer, el ángel se había recuperado de su sorpresa inicial.

―¡ABOMINACIÓN! ―gritó hacia Azazel. Ni siquiera la había mirado―. ¿Acaso no existen límites para ti?

―A mí se me encomendó una tarea, hermano ―respondió Azazel mientras se ponía en pie de nuevo―. Forjar armas. Y eso es lo que he hecho. Ni más, ni menos.

Camille sabía que Azazel podía sentirla a través de la habitación, tal como ella lo sentía a él. Avanzó despacio hasta que estuvo a la espalda del ángel Gabriel.

Lanzó a Arcana y la dejó clavada en su piel, que comenzó a humear, al tiempo que atrapaba sus pies con el látigo y tiraba para hacerlo caer.

Gabriel se puso bocarriba y con su espada cercenó a Embaucador, volviendo a incorporarse.

―¿Quién te has creído, criaturita? ―escupió hacia ella, mirándola por primera vez―. ¿Digna de entablar lucha con un ángel?

―Vaya, a Dios se le cayó el frasco del ego cuando te fabricó ―replicó Camille mordaz―. No me habías avisado de esto.

―Lo tendré en cuenta la próxima vez, mi reina ―respondió Azazel con una teatral reverencia que puso de los nervios a Gabriel.

Sí. Camille había logrado sorprenderlo y ahora había conseguido ponerlo de los nervios.

 

El desprecio de Gabriel por los humanos no era una cualidad que hubiese ocultado nunca, y ahora ella, la sombra de la venganza, lo utilizaba en su contra. Azazel comenzó a invocar su mandoble una vez más.

Sentía a Camille a través de la habitación, cada movimiento, cada gesto, podía saber lo que se proponía antes de que lo llevase a cabo. Magnífico. Mucho mejor de lo esperado.

Azazel se lanzó sobre Gabriel y él esquivó hacia atrás, solo para chocar con Cami, que lo golpeó tan fuerte en la pierna que el crujido resonó por toda la sala. El siguiente espadazo no pudo esquivarlo, y su sangre salpicó la cara de Azazel.

Gabriel se recompuso, se extrajo a Arcana, e invocó su espada, que chocó con tanta fuerza con la de Azazel que se la arrebató de la mano, haciéndola desaparecer en la niebla.

El guerrero maldito realizó un giro desesperado, una medida que no usaría estando solo, pero esta vez, la sombra podía cubrirlo. Conoces el lugar, sabes cómo hacerlo, proyectó Azazel en su mente.

Agarró ambas manos de Gabriel cuando este se disponía a descargar un espadazo, consciente de que no era más fuerte que él, y volvió a invocar su espada, que atravesó la columna y el corazón del siervo de Dios en manos de Camille.

Azazel deshizo su espada en bruma antes de que los ojos de Gabriel se volvieran grises, y su piel pétrea. El ángel cayó en el suelo rígido como una estatua.

―¿Está…

―Si Dios tiene a bien, puede traerlo de vuelta ―respondió Azazel―. Así que será mejor que nos marchemos cuanto antes.

 

Camille se agachó para recuperar el libro y la daga, y vio a Azazel recoger los dos pedazos de su látigo. Los juntó y los volvió a soldar con su propia mano.

Colocó el látigo en el antebrazo de Camille de nuevo y mantuvo el contacto unos segundos más de los necesarios.

―Pensé que te perdía hoy ―susurró ella, mirando el cadáver del ángel.

―También yo lo pensé ―respondió él―. Has estado magnífica.

Azazel atrapó un mechón rubio de la mujer, ahora híbrida, y lo colocó tras su oreja. Vámonos, proyecto el hombre en la mente de Camille, al tiempo que levantaba una mano, esperando que ella la tomara.

Camille miró la mano y no dudó. Azazel se lo explicaría todo. Pero no aquí.

Sus manos se juntaron y en ambos se avivó el fuego que ahora compartían.

 

NOTA DE LA AUTORA

El día que escribí este relato, al terminarlo, pensé que era un absoluto desastre. Ahora al revisarlo, pues ni tan mal me parece. Es muy posible que mi estado de ánimo ese día influyera fuertemente en mi percepción del resultado.

La idea de esta historia apareció en mi mente durante un sueño, y se fue aclarando a medida que tomaba forma en mi mente. ¿Un ser cuyo propósito sea forjar armas? ¿Qué contenga poder dentro de él? ¿Qué cree un arma que precisamente sea un guerrero? ¿Podría ese ser desviarse de su propósito, digamos, enamorándose de su creación? ¿Podría darle la vuelta a la historia para que los ángeles sean los enemigos?

Creo que ninguna canción que no fuera salvation de Gabrielle Aplin podía ser más perfecta, sobre todo el verso que dice: “glorious, we transcend into a psychedelic silhouette”.

Nos vamos leyendo. x.

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