"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE I: BETHANY
Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la primera.
Ver el final del documento para más notas.
Contenido sensible (TW): en este relato encontrarás violencia explícita y sangrienta.
Día 1 - Concepto: ROJO.
"bethany"
Lila abrió los ojos. Apenas anochecía. Aún quedaba tiempo.
Podía ver todo el pueblo desde lo alto del reloj del
ayuntamiento de Torre Oslen. Era un pueblo demasiado pequeño para el tesoro que
guardaba, oculto ahora en el bolsillo de su chaqueta.
Su vista se desvió al suelo. Nada la separaba del salto al
vacío. Una parte en ella se sintió tentada.
―¡Lila! ―La inconfundible voz de Mina la despertó de su
trance―. ¿Lo tienes?
―Sí. Tenías razón ―respondió Lila, ordenando la información―.
Alcalde James Forcas. Su familia lleva gobernando en el pueblo desde hace unos
trescientos años.
―Es de una de las familias fundadoras. Todas ellas ocupan los
puestos de poder, y debemos suponer que todos lo saben.
―¿Sobre nosotras? ―preguntó Lila.
―Sí.
Lila todavía no sabía muy bien como referirse a otras
personas como ella, o a ella misma. No llevaba tanto tiempo ocupando ese lado
de la vida, y todavía lo caminaba de puntillas. Todavía estaba entrenando su voz.
―Tranquila, antes todos lo sabían, pero ahora hace mucho
tiempo que nada sobrenatural acecha por estos bosques, somos leyendas y cuentos
para asustar a los niños, solo tenemos que andarnos con ojo con los miembros
del Consejo ―Mina sonrió mientras ocultaba uno de sus cortos rizos rubios tras
su oreja. A Lila siempre la había sorprendido lo dramática que podía ser, pero
en parte eso también la atraía―. Voy a escribir a Gala, debería haber vuelto
ya.
―Vale ―respondió apenas Lila, volviendo a repasar la
información que había recabado las últimas semanas. Mina estaba segura de que
era el alcalde quien guardaba su objetivo, pero Lila no lo tenía tan claro.
¿Por qué guardar algo en el lugar más obvio posible? La
respuesta de Mina había sido clara, los humanos son predecibles y avariciosos,
y los Forcas no entregarían voluntariamente algo que tuviese un mínimo valor.
Gala había estado de acuerdo.
―¿Y si lo guardan los Dorian? ―insistió una vez más Lila.
―¿Otra vez con eso? ―respondió Mina, que tecleaba rápidamente
un mensaje en su móvil―. La sheriff no guarda nada, cuando la joya se creó, los
Dorian acababan de llegar al pueblo.
―¿Y la médica?
―Podría ser. Pero no creo. Cuando se concibió la maldición,
las tres familias que más poder tenían eran los Forcas, los Gilbert y los
Drest. Cualquiera podría haberlo reclamado, pero tengo el presentimiento de que
fueron los Forcas. Jonathan era ambicioso por encima de sus posibilidades. Si
lo hubieras conocido también lo sabrías.
Mina dio unas palmaditas en el hombro de Lila y desapareció
por el pasillo, dejándola sola. La mujer rubia nunca ofrecía información de más,
sobre todo de esa época, aunque Lila suplicara, aunque estuviese
exponencialmente más tranquila cuanto más conocimiento tuviese. Y para su desgracia, dentro de ese conocimiento estaba la lección de que no
serviría de nada seguir preguntando.
Gala atravesó la puerta del piso justo en ese momento,
dejando caer sus llaves en el cesto del recibidor. Se acercó a
Lila, que seguía releyendo el horario comunitario, asegurándose de que la reunión
era a las cinco de la tarde y no había cambiado mágicamente en los últimos
cinco minutos.
―¿Qué tal te ha ido? ―preguntó Lila, girando el rostro para
mirar a Gala, que se había sentado a su lado, echando hacia atrás su larga
melena de trenzas negras para observarla directamente.
―Bien. Mina tenía razón, había cierta cantidad de ondas en forma de escudo alrededor de la
mansión del alcalde.
―¿Y?
―Y… ya no está. ―Los gruesos labios de Gala se curvaron en
una sonrisa.
―¿Estás segura de esto? ―preguntó Lila bajando la voz.
―Eh, tranquila. Mina lleva muchos años planeando esto,
esperando a alguien como tú.
Gala levantó una mano para rozarla la mejilla. Lila notó el
calor de su contacto, calor procedente de su don y provocado por la absorción
de las propias ondas de Lila.
La oscura piel de Gala se separó de ella mucho antes de que
pudiera haberla hecho daño.
―Tranquila ―repitió
Gala, y una sensación de calma se alzó entre todos sus sentimientos.
―¿Te atreves a usar mi propio poder contra mí? ―susurró Lila,
pero estaba sonriendo.
―En realidad, ahora es mío.
Mina asomó la cabeza desde el pasillo.
―Te mandé un mensaje.
―Acabo de verlo ―respondió Gala, mirando en su dirección.
―¿Qué te ha retrasado? ―preguntó inquisitiva Mina.
―Me compré un helado.
Gala se encogió de hombros mientras Lila sonreía.
―¿Algún problema? ―preguntó Mina, ignorando el comentario
previo de Gala.
―Ninguno. Había menos ondas
de las que había previsto, se han ido desvaneciendo con el tiempo y nadie las
ha renovado.
―Bethany las puso allí antes de que la quemaran. Es razonable pensar que no han contado con la lealtad de ninguna más. ―Mina se giró para
ocultar su expresión―. Preparaos, salimos en una hora.
―¿Quién tarda una hora en prepararse? ―susurró Gala en
dirección a la otra mujer.
Lila se encogió de hombros y siguió repasando cosas que ya
sabía, trasteando con su tablet en compañía de Gala, que se acurrucó a su lado
en el sofá.
Mina cruzó los terrenos de la mansión con calma. Reconocía el
terreno aunque el edificio hubiese sido remodelado recientemente. Sin poder
evitarlo, los rizos rojos y el fuego azul de los ojos de Bethany se abrieron
paso en su mente. Mina respiró hondo y estrujó su corazón, volviendo a guardar
el recuerdo en un baúl, cerrándolo con llave, lanzándolo al fondo del océano. Guardó las manos en los bolsillos
de su largo abrigo de cuero sintético, dirigió una mirada al suelo, donde sabía
que estaría el límite de poder de las ondas,
y sin más, dio un paso al frente.
No sintió absolutamente nada.
Gala había hecho su trabajo con éxito. Gala siempre tenía
éxito. Mina jamás había conocido a alguien capaz de metabolizar ondas con la rapidez de la que presumía
Gala, y eso era mucho decir, dada la cantidad de años que llevaba respirando.
Una lástima que Lila no disfrutara tanto utilizando su don, porque aunque no era físico como el de Mina, ni mixto
como el de Gala, éste la convertía en la más poderosa de las tres.
Así que hasta que se acostumbrara, Gala acompañaría a Lila, pero Mina no necesitaba escolta. No
necesitaba más protección que su sed de venganza, que se acumulaba expandiendo al límite cada célula de su cuerpo.
Sentía que estaba a punto de quitarse un peso muerto, por fin
tras tantos años.
Caminó hasta el jardín de atrás, ya lleno de toda la gente de
Torre Oslen a la que el alcalde había convencido de alguna manera de que era
importante y lo pilló subiendo a una pequeña tarima, preparado para dar un
discurso que ella no quería escuchar. Mina apretó los dientes ante esa imagen y
buscó a sus compañeras con la mirada. Gala llevaba a Lila de la mano, pero la
tela de un guante separaba sus pieles.
Se reunió con ellas mientras Forcas seguía hablando.
―¿Puedes hacer que entre? ―preguntó Mina.
―¿Para qué? ―se sorprendió Lila.
―¿Puedes o no?
―Seguramente sí.
―Encuentra el tono
adecuado, Lila ―ordenó Mina, dando por terminada la conversación,
desapareciendo de la vista.
Gala se acercó a las mesas con la comida, y Lila la miró
sorprendida.
―¿Cómo puedes comer en un momento como este? ―preguntó Lila.
―¿Y por qué no? ―respondió Gala, cogiendo un diminuto
pastelito con glaseado rosa―. ¿Es mejor estar histérica como tú?
―No estoy histérica.
Gala arqueó una ceja.
Los presentes comenzaron a aplaudir, atrayendo la atención de
ambas mujeres, que observaron al alcalde Forcas abandonar la tarima, sonreír y
saludar a los que se encontraban a su alrededor.
―¿Sois nuevas aquí? ―dijo Forcas al llegar a la altura de las
mujeres―. No reconozco vuestras caras.
El alcalde estaba forzando tanto la expresión despreocupada
que a Gala le produjo nauseas.
―Nos mudamos la semana pasada ―respondió Gala, quitándose un
guante para estrechar su mano.
Así es como Gala evaluaba las ondas de las personas, y aunque ahora tenía la certeza de que James
Forcas no tenía forma de manipularlas, un residual
se mantenía en él. Un residual que
Gala se apresuró a tomar para sí.
Al hacerlo, el alcalde separó su mano con cierta brusquedad, sin
duda motivado por el calor de Gala, pero esa reacción no la preocupó.
―Soy Lila, y ella es Gala ―dijo la más jóven, adelantándose a
cualquier comentario que el hombre pudiera hacer, agitando una mano en el aire
a modo de saludo, librándolos a ambos del contacto físico.
―Bienvenidas a Torre Oslen.
―Hemos venido con nuestra hermana mayor ―apuntó Gala.
―Espero tener la oportunidad de conocerla ―respondió él,
forzando amabilidad una vez más.
―Claro, ella ha venido ―respondió Gala.
―¿Y dónde…? ―El alcalde Forcas giró la cabeza en ambas
direcciones.
―Ahora, Lila ―susurró Gala.
―Entra en la casa ―impostó Lila con tono autoritario.
―¿Cómo dices? ―preguntó sorprendido.
―Entra. En. La. Casa.
El hombre se tambaleó unos instantes, dudando mientras pasaba
la mirada de una a otra. Estaba confuso, lo que no significaba nada bueno. Estaban
llamando demasiado la atención. Gala se apresuró a quitarse un guante y agarrar
la mano de Lila, absorbiendo parte de sus ondas.
Lila no se resistió.
―ENTRA ―impostó Gala esta vez, mirando
directamente a los ojos de aquel hombre, haciendo pequeño su espíritu,
imponiéndose a su voluntad con suma facilidad.
Ambas mujeres caminaron tras él al interior de la mansión.
―Lila, continúa ―dijo tranquila Gala una vez entraron al
salón.
―El tesoro, ve a donde
está ―impostó Lila, que una vez
en el interior pareció forzarse a la concentración, como si estuviese usando su
don consigo misma―. Muéstranos.
―¿Tesoro? ―preguntó con la voz completamente inexpresiva.
―La joya incandescente ―respondió Gala.
―Llévanos hasta ella.
Las órdenes de Lila parecían estar funcionando porque el
alcalde se movió completamente rígido hasta la gran estantería que ocupaba la
sala.
Gala observó su espalda mientras rebuscaba entre los gruesos
tomos.
Forcas se dio la vuelta de repente y lanzó un pequeño objeto
hacia ellas.
Mina había cerrado el resto de entradas y se mantuvo
observando en las sombras hasta que el despreciable humano que había en la sala
lanzó un objeto hacia Lila. La mano derecha de Mina, que hasta entonces había
estado apretada en un puño, se adelantó y se abrió canalizando el don de la
mujer. Mina no necesitaba gesticular con las manos para usar su poder, pero le
resultaba más sencillo de ese modo.
El pequeño proyectil se detuvo en el aire, y Gala lo golpeó
para que cayera al suelo.
Forcas giró la cabeza de un lado a otro buscándola
frenéticamente, no tardando en encontrarla, porque se había adelantado para
obtener mejor visual del otro artilugio que había sacado de la caja, el que
ahora sostenía en la mano. A Mina le pareció un reloj de bolsillo, pero sabía
lo que era. Lo sabía perfectamente.
El hombre apretó el botón lateral del artilugio y tanto Gala
como Lila se llevaron las manos a la cabeza. Mina sabía perfectamente lo que
sentían, pero ella estaba a salvo de la tortura, una protección que se
remontaba siglos atrás, a la fundación del pueblo y a una mujer.
―Al final todos los Forcas sois iguales ―escupió Mina con
evidente desprecio, ardiendo interiormente. Repitió el movimiento de manos,
pero esta vez en lugar de ralentizar, aceleró las moléculas.
El artilugio explotó en la mano del alcalde, haciéndolo
retroceder, derramando su sangre en el suelo. Gala y Lila se liberaron del
dolor, cayendo al suelo.
―QUIETO ―impostó Lila alzándose. Mina habría
jurado que jamás la había visto tan furiosa. Tanto que su tono era lo más cercano al perfecto que había alcanzado. Tanto que
Forcas dejó incluso de respirar.
―Deja que respire, Lila ―dijo Mina, acercándose lentamente―.
Aún necesitamos algo de él.
Lila aflojó las ondas
que atrapaban el espíritu del hombre, permitiendo que respirara lentamente. La música
del jardín se colaba en la sala.
―LA JOYA INCANDESCENTE.
MUESTRANOSLA ―continuó Lila, alzando la barbilla, provocando que su lacio cabello castaño cayera sobre su espalda.
Mina entrelazó sus manos y dio varios pasos hacia delante.
―¿Gala?
―No percibo nada, Mina ―respondió ésta―. Solo a nosotras. Él
tenía un residual, pero lo he
metabolizado.
―El residual
proviene de la joya ―susurró Mina―. Ha estado en contacto con ella
recientemente. ¿Lila?
―MÁS RÁPIDO
―impostó Lila.
Forcas apresuró el paso y se agachó junto a un sofá de
terciopelo verde, que empujó hasta dejar a un lado. Se puso de rodillas y
separó una de las lamas de madera del suelo para coger una caja.
―DEJA LA CAJA EN EL
SUELO.
Mina se acercó a él y pisó su mano izquierda con su alta bota
de tacón. Él alzó la mirada, pero no apartó la mano.
―Esto no es necesario ―susurró inexpresivo entre dientes. Era
evidente que estaba luchando consigo mismo.
―NO HA… ―impostó
Lila, pero Mina la detuvo con un gesto.
Se agachó hasta su altura, aun pisándole. Abrió la caja con
cuidado y encontró una bolsita en su interior.
―¿Gala?
―No hay duda.
Mina lanzó la bolsa a Lila, quien la atrapó al vuelo, pero se
quedó mirando a los ojos del hombre, todavía agachada.
―Realmente sois iguales ―susurró―. Los genes se han mezclado,
tu cabello es más claro, eres menos alto, tu nariz es más aguileña, pero tus
ojos ―Mina asintió apretando los dientes―… tus ojos son iguales que los de él.
Son los ojos de un asesino.
Mina notaba como la furia se liberaba por dentro de su cuerpo.
Ya no sentía necesidad de contenerla. Se incorporó y se giró hacia sus
compañeras.
―Quiero que hable pero que no pueda moverse ―indicó a Lila, y
esta se lo impostó―. Conocéis el punto de encuentro. Ahora marchad. Si no llego
al anochecer, seguid sin mí.
―Mina, tenemos lo que queremos, vámonos.
―Lila, haz lo que te digo.
―Vamos, Lila ―intervino Gala, tirando ligeramente de ella.
Lila le dedicó una mirada que bien podía haber sido la que se
dedica a una completa desconocida, pero Mina llevaba demasiados años esperando
ese momento como para apartarse porque alguien la juzgara. No decepcionar a
Lila le era completamente indiferente. Se había obligado a que así fuera.
Ambas salieron de la habitación, y Mina pudo centrar su
atención en su presa.
James Forcas se encontraba en pie, pero apenas si parpadeaba.
―Es interesante, el poder de Lila ―comenzó Mina, girando
alrededor de él―. Hay muy pocas como ella. Tiene principios, lo que es una
verdadera lástima, pero estará más cerca de vivir una larga vida si gente como
tú deja de respirar. Y vivirá mucho tiempo.
Mina llegó a la altura del proyectil que Gala había golpeado
al suelo y se agachó para observarlo. Lo pisó hasta que notó cómo el cristal se
rompía. Una bala como esa habría matado a Lila.
―Ya tienes lo que quieres ―masculló el alcalde entre dientes.
―Oh, no te creerás que yo quería la joya, ¿verdad? ―dijo
Mina, parándose frente a él, mirándolo a los ojos―. Bueno, sí que quería
la joya, para ellas. Pero yo te quería a ti.
―¿Por qué?
―¿Por qué? ―Mina entrecerró los ojos y juntó las manos a su
espalda―. Porque eres un hombre que no merece el bolígrafo que robó. La narrativa
de la que se adueñó.
Mina apuntó a la caja que se encontraba en el suelo, sin
apartar los ojos de Forcas, y volvió a abrir una de sus manos. La caja explotó
en varios pedazos, pero no tan pequeños como los que la mujer había previsto.
Debía tener un recubrimiento metálico para detener la resonancia de la joya. Mina lo arregló con otro gesto, provocando
explosiones más pequeñas.
―¿Cuánto crees que tardarán en darse cuenta de mi ausencia?
―dijo Forcas.
―No me interrumpas ―ordenó Mina, haciendo explotar la lámpara
de mesa que había justo al lado de donde había estado el sofá―. Resulta que, si
la situación fuera a la inversa, tú no dudarías. Y eso es un problema para mí.
―¿Has venido desde tan lejos para matarme? ―dijo él, dejando
entrever una sombra de miedo en su voz. Lila había aflojado lo suficiente como
para que resultara aún más satisfactorio para Mina―. No. No, esto es personal.
Pero yo nunca antes te había visto.
―No me mientas ―advirtió Mina.
―No te miento, no te conozco.
―Sé que tu antepasado guardó un retrato mío. Sé que tu abuelo
aún lo guardaba. Sé que tu padre también lo guardaba. Así que no me ofendas. En
ese retrato aparece otra mujer. Una mujer a la que asesinaron a sangre fría.
Una mujer muy importante para mí. Sé que contabais su leyenda en el Consejo.
―Pero eso pasó hace siglos, no puedes culparme a mí de
verdad…
―Empiezas a parecer desesperado. Bien. Deberías estarlo,
porque a diferencia de tu familia, yo no me río con esa historia. Yo no he
olvidado lo que pasó. Lo que hicisteis.
―Eres un poco rencorosa, ¿no?
―Soy muy rencorosa. En otro tiempo diríais que estoy
loca. Bueno, en este tiempo también lo dirías. Dilo, por favor.
―…
―Detesto repetirme.
―¡Estás loca! ―dijo Forcas fracasando en su intento de
gritar.
―Ojalá lo estuviese ―susurró Mina para sí. Alguien llamó a la
puerta, intentando abrirla―. Parece que nos hemos quedado sin tiempo.
―Por favor…
―No supliques, no te va nada.
―Tengo un hijo…
―Estará mejor sin ti. Quizá incluso se libre del odio que
almacenas dentro.
Mina no sonrió, ni tampoco sintió satisfacción ninguna por el
acto, pero eso no la detuvo.
James Forcas le dedicó a Mina una última mirada, la mirada
que se les dedica a los monstruos, suplicante, aterrada y vista con la luz
adecuada, incluso desafiante. Ella sostuvo esa mirada e hizo el gesto, esta
vez, apuntando a su cabeza.
Y ya no estaba ahí. Con un simple gesto, la cabeza de James
Forcas explotó en fragmentos tan pequeños que nunca se podrían volver a juntar.
Mina se había alejado, pero aun así las rojas gotas de líquido caliente volaron
por toda la habitación, consiguiendo llegar hasta ella, manchando su rostro y
su abrigo. No hizo ningún gesto para limpiarse, tan solo se dio la vuelta y
salió por la puerta principal. Sus manos estaban frías.
―¡Lila!
La voz de Gala la trajo de vuelta, haciendo que Lila dejara
de mirar el vacío y entrara de nuevo en la habitación.
―¿Por qué Mina ha hecho esto? ―preguntó ella confusa―. Ya
teníamos lo que buscábamos.
―Ay, Lila… ―Gala se acercó un paso a ella―. Mina tenía su
propio objetivo. Su propia deuda que saldar.
―Pero no era necesario.
―Era su lucha ―replicó Gala―. Para ella, era necesario. Mina
lleva luchando por todas nosotras desde que huyó de este pueblo, hace tantas
décadas. Pero nunca había podido zanjar la historia que empezó aquí.
―Es egoísta.
―Lo es, y aun así, tenía que hacerlo. Quizá ahora pueda pasar
página.
Lila asintió, pero no estaba nada convencida.
―Ha sido culpa mía, yo lo retuve.
―No ―dijo Mina, sobresaltando a las otras dos―. La culpa
recae únicamente en mí. Y solo yo la llevaré. Ahora, déjame verla.
Lila entregó el suave saquito a Mina, que sacó de él una
piedra roja, del tamaño de una pastilla de jabón. La miró un segundo y la
volvió a guardar.
―¿Es la verdadera? ―preguntó Gala.
―Sí. Nunca la toques con las manos desnudas, Gala ―advirtió
Mina―. Hacía más de trescientos años que no la veía. ―Suspiró―. Vamos, aún
queda una.
Mina comenzó a bajar las escaleras de la torre.
NOTA DE LA AUTORA
Al pensar en escribir este relato, pensé en las emociones que han sido tradicionalmente representadas por el color rojo, que aunque es fácil pensar en el amor apasionado o en la lujuria, a mí me interesaba mucho más sentimientos como la rabia o la furia. Siempre he pensado que la sed de venganza es un motivador muy poderoso, y esa es la motivación principal del personaje de Mina. Ella es una mujer que lleva siglos acumulando rabia por una herida que nunca fue capaz de sanar, y con ese último acto, espera encontrar algún tipo de cierre.
También siempre me ha parecido muy interesante que no solo haya tres protagonistas que hagan equipo, sino que cada una proceda de una época diferente, porque creo que la experiencia en cierto modo, te endurece. Por eso me gusta mucho que el personaje de Lila, al ser la más joven, sea más inocente.
Para contar esta historia, tenía sentido que aunque la motivación de Mina fuera la venganza, la de las otras dos no podía serlo, así que decidí añadir un McGuffin con la joya, es decir, un elemento cuya función es que los personajes avancen, pero no es importante en sí mismo.
Nos vamos leyendo. x.



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