"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE II: EL CUERVO

Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la segunda.

Ver el final del documento para más notas.

Día 2 - Concepto: CUERVO.

"el cuervo"

―¿Por qué has tardado tanto? ―preguntó Kaia, mientras se mantenía oculta entre los árboles, esperando a que me posara sobre la hombrera que llevaba para mí.

―Yo no tardo, yo llego cuando tengo que llegar ―respondí, plegando las plumas de mis alas elegantemente.

―Podías ser menos borde ―dijo la joven cortante.

―¿Y de quién lo iba a aprender, de ti?

Ambos bufamos al mismo tiempo, si es que un cuervo podía bufar. Supongo que en momentos como ese, sabía que había tomado la única decisión correcta.

―¿Sigue vacía? ―preguntó Kaia.

―En apariencia ―respondí―. Pero yo tendría cuidado. Hay algo allí que me eriza las plumas cada vez que me acerco.

―Hay tantas cosas que te erizan las plumas…

Grazné lo suficientemente cerca de su oído como para que diera un pequeño saltito, alborotando su cuidado cabello negro. Su pálida mano derecha trató de espantarme, pero me equilibré como yo sabía y no me moví ni un centímetro.

―Así aprenderás a respetarme. ―Kaia soltó una sonora y seca carcajada.

Mi jovencísima ayudante continuó caminando por el espeso bosque, orientándose a la perfección, utilizando hilos que ella misma había tejido con la Seda, hilos solamente visibles para criaturas como nosotras.

―Tengo los pies helados ―protestó ella.

Su pálido vestido de gasa azul ondeaba ligeramente con la brisa del cada vez más próximo invierno.

―Es tu penitencia.

―¿No se supone que ella es nuestra madre? ―respondió mientras se giraba para mirarme―. Bien podía hacer una excepción.

―Ella hace excepción ―grazné en respuesta―. Ella te permite caminar libremente por sus bosques. Sigues viva. ¿No es suficiente regalo?

―No.

Kaia lo había dicho como si fuese una obviedad. Permitid que os diga que, en mi erudita opinión, era un regalo magnífico. Pero ella no lo iba a entender de golpe, por si no os habéis dado cuenta ya, era dura de entendederas.

La fría luz se filtraba entre las ramas de los espesos y siempre verdes árboles. Un trueno sonó en la distancia. Miré hacia arriba.

―¿Crees que va a llover? ―pregunté.

―Con la suerte que tengo, seguro.

―Tú tienes suerte, tú me tienes a mí.

Kaia apartó la cabeza para mirarme fijamente al ojo izquierdo, pero no dijo nada, lo cual era, sin duda alguna, raro. El huso de hueso con el había sido obsequiada por Verdandi, el utillaje de una auténtica hilandera, pendía al final de un largo hilo blanco reluciente sobre su pecho.

Una gota de lluvia se filtró a través del dosel del bosque, y creedme, esta no era una lluvia de la que querrías empaparos.

Kaia miró hacia arriba y una gota negra como el alquitrán cayó sobre la punta de su nariz, dándola un aspecto ciertamente cómico.

Palivy regn ―murmuró ella, limpiándose la gota con el dorso de su mano―. Démonos prisa.

No os preocupéis por el lenguaje antiguo que en ocasiones emplea la chica, yo os traduzco. Lo que Kaia acababa de decir significaba lluvia abrasadora. Y no creáis que no me preocupaba la muchacha, pero en momentos como este, me regocijaba en que mi plumaje además de hermoso y brillante, fuese impermeable. Guardé mi cabeza bajo el corto cabello de Kaia, y ella comenzó a caminar más rápido.

Al llegar a la cabaña, la chimenea estaba encendida. La única estancia era agradablemente cálida. Volé hasta mi práctico posadero, un entramado de madera que se extendía por diversas alturas, y observé a la joven desde ahí. Lo primero que hizo fue tratar de limpiarse los pies en el felpudo, y lo consiguió a duras penas, un gesto que me obligó a poner los ojos en blanco, si acaso un cuervo podía poner los ojos en blanco, ya me entendéis. El caso es que Kaia aún creía que se podía librar de la tierra. No debía intentarlo, aquella tierra era de Verdandi, era una bendición. Pero no me hacía caso.

Se deslizó fuera del vestido y caminó desnuda hasta el baño para abrir el grifo de la bañera, y mientras se llenaba, volvió al rincón que servía de cocina y llenó una pequeña palangana de agua para mí. La fuerza del bosque nos confería cierta protección, pero debíamos librarnos de los restos de lluvia antes de que comenzasen a quemar.

―Rufus ―me llamó. Que buen nombre, si me preguntáis.

Planeé hasta aterrizar en mi perfecta bañera, dando un graznido al final. Miré a Kaia con rencor, pero ella soltó una carcajada. El agua estaba helada. Si un cuervo pudiese poner los brazos en jarras, lo habría hecho. Lo intenté con las alas de todas formas, pero eso agrandó su totalmente irrespetuosa sonrisa.

Kaia echó mano del huso y lo acercó a su dedo pulgar izquierdo hasta que una solitaria gota de sangre se escapó de su cuerpo. No le importaba pagar el precio si con ello conseguía gastarme una broma. Era la joven más extraña que había conocido.

Esparció la gota de sangre por las yemas de sus dedos pulgar e índice, y una vez lo hizo, comenzó a mover la mano dibujando un ocho, recurriendo a uno de los hilos de seda que se entrelazaba y enredaba por encima del agua de la bañera, provocando que enseguida comenzara a humear.

Me agaché en el agua y moví mis alas y mi cola, y Kaia me ayudó a librarme de todas las gotas negras de lluvia con exhaustividad. Era repugnantemente espesa.

Salí del agua de un salto y Kaia me ofreció una toalla perfectamente medida, pues era de mi tamaño, para retirarme el exceso de agua. Pero primero me sacudí, ahuecando las plumas de todo mi cuerpo.

Alcé la cabeza con suficiencia, yo también sabía gastar bromas.

―Pienso cocinarte ―escupió Kaia mientras me secaba.

Dejé que mi jovencísima amiga se bañara con tranquilidad mientras me posaba cerca de la lumbre, aprovechando el más que agradable calor del fuego.

Verdandi apareció en el sillón a mi lado, con un vaporoso vestido que parecía fabricado con el mismo bosque.

―¿Qué opinas? ―preguntó la deidad.

―Pues muchas cosas, oiga.

―Rufus ―advirtió ella. Pero es que no era mi culpa si ella no especificaba. Ni una semidiosa se libraba de eso.

―Ella podría ser la indicada ―respondí, asumiendo que me preguntase sobre Kaia, y creedme, eso era mucho asumir―. Algo la llama a la casa abandonada. Hacía mucho que no pasaba. Creo que debería saber la verdad. Opino que debería decírselo.

―Ese lugar es peligroso para ella. Tienes que estar seguro ―continuó Verdandi―. Aunque no sería la primera que perdemos. Siempre podemos volver a intentarlo la próxima generación.

Un escalofrío me ahuecó las plumas del pecho con el recuerdo de la última mujer que Verdandi pensó que estaba lista para Alzarse. A diferencia de la seguridad que me provocaba Kaia, la anterior nunca me había gustado.

―Nunca hemos estado tan cerca ―repuse―. Hay que ayudarla. No la mandéis a morir, os lo suplico.

Uno siempre debía andarse con ojo cuando hablaba con entidades del calibre de Verdandi. Había que ser respetuoso. Aunque me temía que Kaia no lo veía así.

―Kaia tiene el poder del bosque y del huso consigo ―respondió―, además del poder que almacena en su sangre. Si con eso no es suficiente, entonces no es la indicada.

―Pero vuestro poder no llega a la mansión.

―No puedes dejar de ser redundante, eh. Ya sé que mi poder no llega ahí, por eso la necesito.

―Disculpadme.

Verdandi hizo un gesto despreocupado con la mano y se volvió para mirar el fuego.

―¿Otra vez aquí? ―dijo Kaia, cruzada de brazos bajo el marco de la puerta del baño, con tan solo un albornoz negro puesto. Su piel era tan pálida que parecía iluminarse desde dentro.

―No seas irrespetuosa, Kaia ―dije, aunque en realidad no quería decirlo.

―Está aquí porque me necesita, nada más ―repuso ella orgullosa―. No te creas que no lo sé, Verdandi.

―Tienes razón, te necesito. Pero también puedo aplastarte. Mi bosque podría aplastarte en cualquier momento.

―Pero entonces perderías la oportunidad de esta generación por pura estupidez. Así que baja un tono.

Verdandi se mordió la lengua esta vez. Y puedo aseguraros que nunca había visto a Kaia mordérsela.

―La Casa del Caballero Vacío ―repuso la deidad. En realidad no dijo eso, dijo Hisa Dutheo Rytiera, pero eso no lo entendéis, y otra cosa, a riesgo de parecer sobre explicativo, la casa no era en sí el problema, el tema es que el poder del sacrificio que allí tuvo lugar interfiere inexplicablemente con el poder de Verdandi, provocando, entre otras cosas, la lluvia que deteriora el bosque y con él, las capacidades de la deidad. La semidiosa no podía cruzar esos terrenos, aunque fueran de su propiedad. Y ahí es donde entraba Kaia.

―¿Qué pasa con eso?

―¿Cuándo?

―Pronto ―dijo Kaia como el filo de una daga. Ah, sí que había tomado la decisión correcta. Kaia siempre me daba motivos para estar orgulloso de mí mismo. Saqué pecho ligeramente, haciéndome más grande―. ¿Ya quieres perderme de vista?

―Cuanto antes.

―Pues que sepas que es mutuo ―dijo la chica―. Ahora déjame sola. Tengo que pensar.

Verdandi se desvaneció como había venido.

―¿Qué tienes que pensar? ―pregunté curioso.

―Nada, solo quería que se fuera.

―Creo que odia tanto tener aprendiz como tú odias tener maestra.

―Una observación muy perspicaz, mi córvido amigo.

La sonrisa de Kaia se ensanchó al mirarme, y me hizo un gesto para que me posara en su regazo. Volé hasta ahí y me acurruqué en el calor de sus brazos. Mientras, ambos miramos el fuego.

  

NOTA DE LA AUTORA

Creo que el cuervo es una de las aves más hermosas y enigmáticas que existen, protagonistas en muchos casos de historias sobrenaturales y personajes en historias de fantasía. Hay una elegancia especial, una inteligencia sorprendente en estos animales. Rufus es una creación de apenas una tarde, pero yo también quería tener mi propio cuervo particular, el enviado de una deidad,  una criatura mágica con la función de guía.

También quería de alguna manera explorar una relación en términos estrictos de necesidad, pues las dos mujeres que presento aquí, Kaia y Verdandi, no se gustan entre sí, y no es necesario que se caigan bien para saber que la una necesita el poder que la otra tiene.

Este relato no tiene una conclusión, simplemente es la historia de una tarde que Rufus te cuenta específicamente a ti, lectore, como quien le cuenta lo que hizo ayer por la tarde a un amigue.

Si Kaia fuese una canción, sin duda para mí, sería a little wicked de Valerie Broussard, y si Rufus fuera una, estoy segura de que querría ser buzzkill de MOTHICA, pero no está en ese punto todavía.

Nos vamos leyendo. x.

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