"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE IV: ETERNOS
Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la cuarta.
Ver el final del documento para más notas.
Día 4 - Concepto: ESTRELLA.
"eternos"
―Esperad a ver la zona de la piscina, tiene unas vistas al
mar magníficas ―dijo Joel, el hombre que les estaba enseñando la casa―. Os va a
encantar.
Las dos mujeres caminaron tras él, fijándose en la claridad
que entraba desde los amplios ventanales. Rebekah no pudo ignorar la figura de
un piano bajo una sábana blanca en el rincón. Nadia captó su mirada.
―¿Y se vende con el mobiliario? ―preguntó Nadia.
―Sí, el precio incluye todo lo que permanece en la casa. Aún
quedan ciertos efectos personales en el sótano, pero hemos preguntado y nos han
indicado que sí, que todo lo que queda se incluye, aunque podemos llamar a una
empresa y que recojan lo que no queráis…
―No será necesario ―repuso Rebekah, que sin duda sentía una
profunda atracción hacia las antigüedades.
―Como podéis comprobar, Harkness
Manor tiene un acceso directo a la misma playa… ―continuó Joel.
Cormac bajó las escaleras que daban a la piscina de Harkness Manor, esperando encontrar a la
otra persona con la que vivía allí. Al no encontrarla, caminó más rápido de lo
que habría admitido nunca hasta la barandilla, lugar desde donde podía divisar
el mar.
Harkness Manor
tenía un acceso directo a la playa, en parte por eso la eligieron, porque ella
estaba enamorada de la playa y del mar, del beso salado del húmedo aire que
ahora los rodeaba. Y Cormac estaba enamorado de ella.
Allí la encontró, caminando con los pies descalzos, metidos
en el agua, saltando emocionada cada vez que los restos espumosos de una ola
llegaban a rozar su piel. Cormac sentía ahora envidia de la sal.
Bajó los escalones del acceso con cuidado, pues la noche ya
había tomado el control del cielo y solo contaba con la iluminación de los
faroles que provenía de la piscina, distribuidos con cuidado alrededor del
recinto. Al llegar abajo, se descalzó, dejando apartados los zapatos de
su esmoquin, arremangándose los pantalones para no ensuciarlos con la arena.
También dejó la chaqueta, soltándose los puños de la camisa mientras avanzaba
hacia ella.
Cuando Danielle vio que se acercaba, aplaudió y saltó en el
sitio, salpicando agua por doquier, incapaz de contener la risa. Había elegido
un vestido de escote corazón azul marino, con guantes transparentes, ambas
telas repletas de puntos y estrellas de color plata, detalles que brillaban con
la luz de los astros cada vez que se movía. Otras personas habrían pensado
quizá que aquel vestido era demasiado provocativo, o demasiado atrevido o
demasiado en general. Las veces que Cormac oía tales cosas sobre ella, o sobre
ambos, se quedaba con las ganas de preguntar cuán pequeños les gustaría que
fuesen, o cuán infelices.
Los cobrizos cabellos de Danielle que habían escapado de su
recogido en un acto de rebeldía ondeaban alrededor de sus mejillas.
Cormac se acercó a ella lentamente, mientas Danielle lo
animaba con sonrientes labios escarlata.
―Es peligroso estar en la playa una vez ha anochecido
―susurró disminuyendo cada vez más la distancia que los separaba.
―¡Es emocionante! ―repuso ella, recorriéndole los brazos con
sus manos hasta llegar a su cuello, allí donde las dejó, cálidas y firmes.
Los pocos centímetros que los separaban pronto se igualaron a
la nada cuando ella se puso de puntillas y Cormac se agachó levemente, para
poder crear una conexión. Los labios de Danielle, siempre cálidos, ya eran un
hogar para él.
Ella le rodeó el cuello con los brazos, balanceándose de un
lado a otro, bailando con la única melodía de un mar adormecido. Él apoyó las
manos en su cintura, para después deslizarlas a su espalda cuando Danielle se
acercó más.
―Los invitados estarán a punto de llegar ―susurró Cormac.
―¡Pues que esperen! ―repuso ella―. Nosotros somos las
estrellas, no los demás. Eso tenlo claro.
Cormac se separó lo suficiente como para poder mirarla
directamente a los ojos, tan tentadores. Recordaba cuando ella lo había mirado
por primera vez de verdad. Ese fue el preciso momento en que él lo supo. Supo
que no había vuelta atrás. Supo que la seguiría allá donde fuese.
―Eres mi mejor amiga ―susurró Cormac sin poder ni querer
romper el contacto visual con ella. Sentía que sus almas se conocían desde
siempre. Sentía que sus espíritus estaban hechos del mismo material. Tenía la
inexplicable certeza de que la encontraría en cada una de sus vidas, en cada época.
―Cormac ―susurró con dulzura―. Creo que podrías estar
enamorándote.
Él no pudo evitar unirse a su risa.
―Creo que sí.
Danielle lo tomó de la mano y comenzó a correr, levantando su
vestido con la otra pero sin soltarlo, haciendo que ambos chapoteasen por el
salino líquido. Cormac se agachó para agarrarla por las rodillas y la levantó
mientras ella se apoyaba sobre su hombro.
―¡No me dejes caer! ―chilló ella―. ¡Te lo advierto!
―Jamás ―gritó él―. ¡Que todo el mundo lo sepa! ¡Amo a
Danielle Harkness! ¡La amo más que a nada en el mundo!
―¡Cormac!
Él apoyó de nuevo a Danielle en la arena con cuidado, pero
manteniendo sus manos unidas mientras paseaban.
―Deberíamos tener hijos ―dijo él―. Diez o quince.
Cormac no paraba de reír.
―¡¿Quince?! ―chilló ella, pero armonizaba la risa del hombre.
―¿Por qué no? ¡Si! ¡Sí! ―continuó―. Podríamos enseñarles a
soñar. Como tú me enseñaste a mí.
―Sí ―respondió Danielle, girándose para capturarlo una vez
más en sus ojos.
―¿Si?
―Tengámoslos. Diez o quince, los que nos dé tiempo. ―Danielle
continuó mirándolo, pero tardó en volver a hablar―. Cormac… creo que yo también
podría estar enamorándome de ti.
Cormac sonrió.
―Entonces celebraré cada día que la estrella más brillante
del firmamento elija continuar mirándome a mí ―susurró él.
―Seremos eternos ―susurró Danielle pegada a su pecho tras
abrazarlo con todas sus fuerzas, que no eran pocas.
―Siempre, Dani.
―Vamos ―dijo ella separándose al fin―. Tenemos que probar ese
vino de importación antes de que desaparezca de las copas.
―Después de ti, mi amor.
Juntos subieron de nuevo las escaleras del acceso al mar de Harkness Manor dispuestos a celebrar una
fiesta mucho más privada que aquella de la cual eran anfitriones, una fiesta en
secreto, celebrando la suerte que habían tenido de que hubiese miles de
millones de personas en el mundo, y justo la que necesitaban, estaba a su lado.
Rebekah desempolvó una de las cajas de cartón del sótano,
mirando por primera vez las pertenencias que habían dejado atrás los antiguos
dueños de la casa. Al abrirla, lo primero que encontró fue una colección de
fotos antiguas. Antes de mirarlas siquiera, la cogió y salió a la piscina donde
Nadia se bañaba.
―Ven a ver esto, Nadia ―dijo Rebekah, sentándose en una de
las tumbonas y fijando la vista en su pareja, que salió del agua y caminó hacia
ella, cogiendo una toalla para secarse la cara y las manos. Rebekah sintió que
no podía apartar los ojos de Nadia, ni podía ocurrírsele una razón por la que
quisiera hacerlo.
―¿Qué es? ―preguntó Nadia, restregando la toalla contra su
corta melena, procurando que no escurriera encima de la caja.
―Una caja que había en el sótano.
―¿Crees que son los anteriores dueños? ―preguntó Nadia,
sentándose a su lado.
Rebekah comenzó a pasar las fotos con cuidado, encontrando en todas a las
mismas dos personas, un hombre y una mujer, sonrientes, abrazados, bailando, y
la última de ellas, mirando de frente a la cámara.
―Supongo que es la versión que tenían antes de los
fotomatones ―rio Rebekah, conectando con el pensamiento que no había
pronunciado Nadia.
―Parecen tan felices ―dijo ésta, quien extendió la mano para
coger la última foto. Incluso en blanco y negro, podía ver todos los colores
que la pareja imbuía a la instantánea por arte de magia.
Nadia dio la vuelta a la imagen y leyó una nota que había
allí escrita con tinta y pluma.
“Siempre vas a
ser mío, vamos a ser eternos”
13 de septiembre
de 1958.
NOTA DE LA AUTORA
La
primera inspiración que tuve para escribir esta historia fue imaginar encontrar una colección de fotografías antiguas, de personas a quienes nunca
has conocido, pero que vivieron una historia. Quería contar la historia de esa
fotografía, esa que Danielle y Cormac se toman esa noche, un simple momento de
intimidad a pesar de estar rodeados de gente.
La
segunda inspiración, y una bastante obvia, son las canciones the last great american dynasty y timeless de Taylor Swift. Nunca dejará
de sorprenderme cómo tan solo un verso de una canción puede iniciar la chispa
que derive en un relato, o en una narración completa. Supongo que para
entenderlo tienes que estar ahí.
Nos vamos leyendo. x.



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