"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE V: RENEGADA
Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la quinta.
Ver el final del documento para más notas.
Día 5 - Concepto: POSADA.
"renegada"
―¡JA! ―gritó el viejo Pete en su rincón habitual―. ¡Nunca
mires fijamente a Selene Triss!
―¿Por qué no? ―preguntó curioso su pequeño pichón, un
forastero sediento de historias.
―Te matará antes de que puedas seducirla ―dijo ahora en
apenas un susurro.
―¿Por qué?
―Nadie lo sabe ―respondió él, señalando su jarra vacía.
El forastero alzó la mano para pedir otra ronda.
―Némesis ―llamó Selene a una de sus jóvenes empleadas,
señalando con un gesto la mesa del rincón.
El viejo Pete siempre hacía lo mismo. Venía, se sentaba en la
mesa del rincón y comía y bebía a cuenta de los extranjeros que pasaban con sed
de historias, ya fuesen reales o no. Para el viejo, esas historias estaban
vivas, quemaban su boca impacientes por salir.
El sol entraba de lleno por las ventanas de la posada,
indicando que pasaba el mediodía, y con él, la hora de comer, por eso el lugar
estaba prácticamente lleno de gente en distintos niveles de embriaguez.
Selene se fijaba atentamente en sus empleadas y en que nadie
les echara una mirada de más. Siempre estaba ojo avizor, preparada por si tenía
que sacar a rastras a alguien. Esas chicas estaban ahí porque la dama Triss les
había ofrecido su protección y eso nadie se lo tomaba a broma. Pero siempre
había un forastero perdido que no conocía las normas del local, y Selene
siempre estaba preparada para esos momentos. Nunca había tenido que hacer esto
en Ciudad Vieja. Pero ya no estaba en Ciudad Vieja.
Un joven entró en la posada, acaparando miradas silenciosas.
Todo el mundo se dio cuenta muy rápido que no era de estas tierras,
principalmente por sus incandescentes cabellos naranjas y su frío tono de piel,
muy diferente a los tonos en general oscuros que se extendían por todo ese
reino. Mas Selene, entornando sus ojos, vio mucho más en él. Mucho más de lo
que cualquiera a simple vista podría intuir. El joven tenía un brillo especial.
Se acercó a Némesis, que había vuelto tras la barra cargando
con una bandeja de utensilios usados.
―Buen día ―dijo tímido el joven―. Estoy buscando un lugar
donde poder pasar la noche.
―Son cuatro lines de cobre, cinco si quieres incluir un baño
―respondió la empleada.
―Puedo trabajar, y dormir en los establos sería suficiente
―respondió él, con un ápice de miedo.
―Si no tienes dinero… ―continuó Némesis, pero ella no veía lo
que veía Selene.
―Hay leña en la parte de atrás ―respondió la dueña de la
posada, interrumpiendo a su empleada―. Córtala y apílala.
El joven asintió y se dispuso a salir. Mientras lo hacía,
Selene pudo observar mejor la katana
que llevaba a la espalda. Y el grabado que tenía en la funda.
Una vez Selene tuvo la cena lista, separó un cuenco del
apetitoso guiso y sirvió una jarra de cerveza. Se echó una pequeña toalla al
hombro y salió al patio trasero. Pudo deducir fácilmente por la posición del
sol que aún quedaba más o menos una hora de luz fuerte antes de que comenzara a
atardecer.
Colocó el guiso y la cerveza en la gran mesa de madera que
había en el patio, haciendo un gesto con la cabeza al joven, llamando su
atención. El muchacho se había quitado la camisa y aun así no se había librado
del sudor que hacía brillar la pálida y sorprendentemente musculosa forma de su
cuerpo. Ese no era el cuerpo de un artesano, era el cuerpo de un guerrero, y no
hacía falta el adiestramiento de Selene para darse cuenta de ello.
Selene abrió la tapa del barril de agua que usaban para
lavarse y lo señaló sin decir nada.
―¿Tienes nombre, forastero? ―El muchacho se acercó al barril,
inspeccionando su interior.
―Josha ―respondió, encogiéndose al comprobar la temperatura
helada del agua, pero aun así, lavándose.
―Selene. ―La propietaria de la posada se acercó a la mesa,
mientras el muchacho se acababa de limpiar y observó la katana que ahí había
dejado.
La mujer la tomó con el respeto y veneración que solo alguien
que sabía usar ese tipo de armas podía desarrollar. Sacó la hoja apenas unos
centímetros de la empuñadura, esperando encontrar allí un grabado.
La imagen que vio la sorprendió de verdad. Era un ibis picolargo, el símbolo de una Hermandad del norte,
muy al norte de allí. Por su aspecto, Selene había deducido que Josha sería de
Olefell, o quizá de Sinter. Asimiló el error más rápido de lo que lo habría
hecho siendo diez años más joven, cuando apenas era una aprendiz que pensaba
que tenía todas las respuestas.
Josha se acercó con rapidez a ella al ver que sostenía su
arma, y se la retiró con delicadeza de sus manos.
―Es… ―titubeó, Selene estaba segura de que se debía a que no
quería ofenderla―. Es muy valiosa para mí.
La mujer asintió, tomando asiento en la mesa e invitando con
un gesto a que el joven la acompañase. Josha se sentó frente a ella y olió el
guiso, que todavía humeaba.
―Huele fenomenal ―dijo―, gracias.
―¿Sabes usarla? ―preguntó Selene, señalando el arma. Josha
asintió―. No hay de que ―respondió la mujer, que se levantó y se ajustó el
suelto abrigo de lana azul medianoche que llevaba―. No hace falta que cortes
más leña, apílala cuando termines. Te pondré a prueba cuando reine la noche.
―¿A prueba? ―preguntó.
Selene no dijo nada más, simplemente volvió a entrar al
local.
Se detuvo al lado de Némesis, tras la barra.
―¿Puedes ocuparte hoy de la cena? ―preguntó a su empleada,
que ejercía prácticamente de segunda al mando.
―Claro ―respondió ella, entornando los ojos hacia su jefa―.
¿Qué vas a hacer?
―Gracias.
Selene se marchó sin decir nada más, directa por la escalera hacia
la zona de las habitaciones hasta llegar a la suya propia, que estaba al fondo
del pasillo.
La estancia era de madera, como todas las demás, contaba con
una cama grande con sábanas blancas y un escritorio y una silla en un rincón,
con una decena de libros apilados ahí.
La mujer se acercó al baúl que tenía a los pies de la cama,
arrodillándose frente a él antes de abrirlo. Tuvo que respirar hondo varias
veces para asegurarse de que todo iba bien, de que no estaba en peligro.
Abrió la cerradura y sacó la ropa que usaba a diario en busca
de lo que guardaba más al fondo, algo que no había siquiera tocado en mucho
tiempo.
Sus armas sagradas de elección, un kama y un kunai, recibieron
su contacto como si nunca las hubiese abandonado. Se aferró a ellas con fuerza
y se sintió como si nunca hubiera elegido dejarlas atrás. Selene supuso que el siempre de sus promesas duraba bastante
poco después de todo. Se puso en pie, bailando lentamente con sus compañeras
sintiendo que apenas había pasado un suspiro entre un momento y otro.
―Sabía que podía seguir confiando en vosotras ―susurró,
dejándolas a un lado para cerrar el baúl.
Una vez la noche cayó y Lafes
y Drago se perseguían por el cielo,
Selene salió por la puerta de atrás al lugar donde Josha estaba terminando de
apilar la leña.
―Vamos ―ordenó ella sin apenas mirarlo, confiando que pudiera
seguirle el ritmo.
Tras la sorpresa inicial, el joven se mantuvo cerca sin
problema, a su lado aunque medio paso por detrás.
―¿A dónde vamos? ―preguntó con la respiración ligeramente
alterada por la caminata―. He oído que los bosques son peligrosos por aquí, que
hay cosas que es mejor no encontrar…
―No son peligrosos para mí ―respondió Selene enigmática.
―¿Cómo dices?
La mujer no contestó. Tras unos largos minutos de caminata,
llegaron al claro que Selene había preparado con estacas, ligeramente iluminado
por el reflejo de las lunas.
―¿Qué es este lugar? ―preguntó Josha.
―Un lugar donde nadie nos molestará. ―Selene se deshizo de su
chaqueta de lana, quedándose tan solo con una blusa blanca suelta y unos
pantalones anchos―. Te pregunto una vez más, ¿sabes usarla? ―Señaló la katana con su mano izquierda, apuntando
con el kunai―. No me mientas.
―Me defiendo.
Josha entrecerró sus grandes ojos en torno a ella, que se
movía a la luz del fuego.
―¿Quién te adiestró?
―Mi padre ―dijo el muchacho con cierto pesar. Selene dedujo
que porque se habían alejado o porque estaba muerto. Al final, era irrelevante.
―En guardia ―ordenó ella.
―¿Qué estamos haciendo aquí? ―preguntó Josha aún
desconcertado. Selene odiaba repetirse.
Selene atacó sin previo aviso, un golpe largo y abierto que
el joven podría esquivar fácilmente. No pretendía matarlo.
Josha esquivó dos embestidas mientras se desabrochaba con
suma fluidez la correa que fijaba a su cuerpo la funda en la que transportaba
su arma, desenvainándola y parando el siguiente golpe de la posadera, haciendo
que el choque de los metales resonara en la oscuridad del bosque.
Selene sonrió.
La mujer recuperó la postura de guardia, avanzando
lateralmente por el borde del círculo del claro. Se concentró en su
respiración, tomando consciencia de todo su entorno, de los sonidos que
provenían de los animales, de la brisa que hacía ondear su larga melena negra.
Habitualmente en su pasado, Selene había luchado con el cabello al viento. Nunca
la había molestado en la visión. Luchaba con los ojos cerrados.
Josha se debatía indeciso y cauto, leyó Selene observando
su movimiento, posiblemente inseguro de hasta dónde llegar luchando con ella.
Con esto pudo deducir que aun siendo del norte, seguramente había crecido en un
pueblo de las montañas, lejos de poder ver en la vida real el poder de las
Hermandades y de las Sacerdotisas. La mujer se preguntó si el chico habría
luchado alguna vez con su vida dependiendo de ello.
Atacó de nuevo para darle una pista al muchacho de hasta
dónde podía llegar, advirtiéndole de que seguramente ni siquiera lograra
alcanzarla. Durante la evaluación, Selene cambiaba rápidamente el agarre del kunai en su mano izquierda, aunque casi
siempre usaba el inverso.
El joven se movía rápido y era más ágil de lo que Selene
había previsto. Dedicó un instante en la lucha para preguntarse quién sería su
padre… o su madre. Lo habían adiestrado bien, aunque a veces descuidaba sus
guardias. Esto tan solo consiguió que a Selene se le viniera una imagen de ella
misma en la posición del muchacho, hace unos diez años, posiblemente la distancia que los separaba.
La mujer lanzó un golpe fuerte obligando a Josha a
retroceder, y se tomó un instante para respirar profundamente. Pensar en aquel
momento tan lejano de su vida provocaba sentimientos inesperados en ella,
sensaciones que no sabía cómo manejar. Fue ciertamente la mejor y la peor época
de su vida a partes iguales.
Josha acometió sin esperar a que estuviese lista esta vez,
haciendo que se apartara solo por instinto.
Puesto que Selene ya había reunido la información que quería
averiguar del joven, la siguiente vez que Josha dibujó un tajo diagonal, ella
lo esperó, atrapando la katana entre
sus dos compañeras, saltando para golpearle la mano y desviando su arma lejos
de su alcance, aterrizando agazapada en el suelo sin molestia, notando como su
oscura melena caía tras ella.
Abrió los ojos y lo vio allí plantado con la boca abierta,
con sus ojos emitiendo un tenue resplandor,
seguramente sin saber muy bien que decir o qué esperar de los próximos
movimientos de Selene. Ésta solo se levantó, tomó sus dos armas con una mano y
se agachó para recuperar la katana
del suelo ofreciéndosela de vuelta con un gesto que honraba el arma.
Selene dio un paso atrás con sus manos en la espalda e hizo
una reverencia hacia su adversario. Había luchado con honor.
―Suficiente ―dijo, dándose la vuelta para recuperar su
chaqueta de lana del suelo.
Selene apagó las antorchas del círculo, dejando encendida la
que portaría en el trayecto de vuelta. Al sentir que no la seguía, se quedó
parada unos pasos en la espesura. No se dio la vuelta y tampoco dijo nada, pero
el muchacho se reunió con ella tras unos segundos.
―¿Suficiente? ¿Qué significa eso? ―preguntó, pero ella apenas
si dirigió una mirada hacia él.
Al llegar de nuevo a la posada, tan solo quedaban los
habituales de siempre, algunos jugando al tiro
al rey y otros simplemente cabeceando con una jarra en la mano.
Selene miró hacia atrás y vio que Josha se había quedado en
el marco de la puerta, sin estar convencido de si debía entrar o no a la
posada.
―Entra ―dijo la mujer sin detenerse camino a las escaleras―.
Tendrás una habitación, y haré que te preparen un baño.
―No es necesario tanto, de verdad, el establo está bien
―repuso él cuando consiguió llegar a su altura.
Selene llegó hasta una de las habitaciones vacías, de las que
estaban próximas a la suya, las del final del pasillo, que usaba para los
residentes de estancias prolongadas. Eran las que usaban principalmente ella y
sus empleadas.
―¿Por qué?
―Te subiré ropa limpia y mañana te enseñaré cómo funcionan
las cosas por aquí.
―No lo entiendo ―continuó, levantando ligeramente los brazos.
Selene tomó su brazo izquierdo a mitad de su antebrazo con
sus dos manos. Su formación le había enseñado que las personas solían
tranquilizarse y prestarte atención cuando recibían contacto directo. Al menos,
en una cantidad significativa de casos.
―Estás a salvo aquí. Hay mantas en el baúl ―dijo señalando con la mirada la esquina de la habitación.
Su antiguo, ingenuo y joven ser la habría mirado con los
brazos cruzados y alzando una ceja. Había algo curioso en el concepto a salvo.
NOTA DE LA AUTORA
Desde
aquí confieso que quería escribir esta historia desde antes de que se me
ocurriera siquiera participar en el NaNoWriMo,
y que estratégicamente colé la palabra “posada” entre las treinta elegidas. Y
también está pensada para llegar mucho más allá de lo que leéis aquí, que está
preparada para seguir, no sé cuándo, ni cómo, pero lo está.
El
inicio de estos personajes está en pensar lo que realmente significa la
expresión “a salvo” o “estar a salvo”, lo que eso significa
para cada persona, en cada momento. Para Selene, el significado de estar a salvo es algo abstracto que sabe
que no puede alcanzar, mientras que para Josha, es algo que está activamente buscando,
algo que cree posible.
Quería que de alguna manera, Selene se viera reflejada en Josha, y que fuera ese reflejo el que la motivase para volver a luchar, para volver a encontrarse con sí misma y ofrecer su conocimiento a alguien más.
Nos vamos leyendo. x.



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