"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE VI: SENTIDO DE PERTENENCIA

Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la sexta.

Ver el final del documento para más notas.

Contenido sensible (TW): en este relato encontrarás menciones y referencias a un asesinato sin resolver.

Día 6 - Concepto: OTOÑO.

"sentido de pertenencia"

La detective Ophelia Danvers leyó por tercera vez el mensaje de su jefe esperando que el contenido cambiase. No lo hizo. Era el mismo. Habían encontrado otro cuerpo cerca de la playa, en la segunda salida de la carretera de Lazy. Respondió el mensaje mientras esperaba a su compañero.

Adam entró en el coche con dos cafés tamaño grande.

―Un café cortado con leche de avena y dos azucarillos ―dijo, colocándolo en el posavasos mientras daba un sorbo al suyo―. ¿Y esa cara?

―Han encontrado otro ―dijo ella, mirando directamente a sus oscuros ojos marrones.

―Mierda ―susurró él, pasándose una mano por su también oscura melena.

Ophelia quitó el freno de mano y puso en marcha el vehículo hacia allí.

 

―Una mujer esta vez ―dijo Adam.

―¿Saben quién es? ―preguntó Ophelia a uno de los agentes que habían montado el perímetro.

―No llevaba documentación, y ninguno la reconocemos ―respondió―. Es posible que no sea del pueblo.

―Esperaremos los análisis entonces ―respondió Adam. Ophelia asintió y se acercó al cadáver, al lado opuesto de Adam.

―¿Cuánto tiempo lleva muerta? ―preguntó Ophelia.

―La forense ha determinado que al menos un día, detective Danvers ―respondió el agente.

―Tiene abrasiones en las muñecas ―observó Ophelia―, y moratones en diferentes estados de curación. La retuvo durante varios días.

―No creo que la matara aquí ―dijo su compañero.

―Estoy de acuerdo. Que fotografíen todo y nos lo manden a comisaría ―ordenó ella a los agentes.

―¿La causa de la muerte? ―preguntó Adam mientras la forense se acercaba.

―Por las marcas del cuello, apostaría por la asfixia, como las otras víctimas, pero no podré confirmarlo hasta que realice la autopsia ―respondió la doctora Torres.

―Gracias, nos vemos allí ―respondió Ophelia, acercándose a la patrulla que había acudido primero―. ¿La encontró ella?

―Sí, detective, le hemos indicado que esperase hasta que le tomarais declaración.

―Gracias, Bahlsen ―dijo Ophelia.

Tras tomar declaración a la mujer que había encontrado el cuerpo, una de las profesoras del colegio local, ambos detectives volvieron a la comisaría. Ophelia añadió las fotos que acababa de recibir e imprimir y se quedó de pie mirando el panel donde estaban apuntadas todas las pruebas y pistas que habían recabado.

―¿Intentas moverlas con la mente? ―preguntó Adam parándose a su lado imitando su postura. A pesar de que Ophelia superaba la media de altura, el hombre la sobrepasaba por al menos veinte centímetros. Si se hubiera puesto delante de ella, habría tenido que ponerse de puntillas para mirar por encima de su hombro.

―No entiendo qué conexión puede tener la mujer con los otros dos, ¿por qué cambiar ahora? ―preguntó ella.

―Sabremos más cuando lleguen los análisis y el informe de la autopsia ―dijo él, dándole un golpecito con su hombro―. Oye… ¿Tienes planes para esta noche?

―Sí.

―¿Ver Anatomía de Grey por enésima vez bajo la manta del sofá del salón?

―¿Se te ocurre un mejor plan? ―respondió Ophelia, girándose para mirarlo, preparada para defender la magnificencia del suyo.

―La verdad es que no, pero me preguntaba si me harías un favor.

Adam apartó la mirada.

―¿Qué clase de favor?

―Mi hermana organiza una cena familiar esta noche…

―¿Por qué?

―Porque es Acción de Gracias.

―¿Y qué?

―Ya, yo también pregunté eso. ―Adam seguía sin mirarla a los ojos―. ¿Me harías el maravilloso favor de honrarme con tu presencia?

―¿Y por qué yo? ―preguntó Ophelia extrañada―. Ni siquiera nos caemos bien.

―Vivimos juntos.

―Porque somos pobres. Somos dos personas unidas por la desgracia.

―A mí me caes bien ―respondió Adam, mirándola por fin.

―¿De verdad?

―Si. ¿Por qué crees que he visto todas esas series contigo?

―Porque te gustan ―respondió Ophelia.

―Sí, después de verlas sí, pero no las habría visto por mi cuenta.

―Creo que voy a pasar… ―Ophelia se dio la vuelta y se dirigió al despacho del sheriff.

―Escucha, te compraré la saga esa que quieres leer ahora ―dijo Adam cuando apenas se había alejado unos pasos.

Ophelia paró en seco, dándose la vuelta muy despacio, como en las películas. Entornó los ojos intentando escrutar las intenciones de su compañero.

―Son catorce libros.

―¿Catorce? ―dijo Adam ojiplático.

―Y una precuela.

―Te compraré la mitad.

Adam intentó sonreír, pero le salió raro.

―Lo quiero por escrito y con tu firma ―respondió Ophelia―. Antes de que te dé tiempo de arrepentirte.

―¿No te vale con un acuerdo verbal?

―No. Las palabras se las lleva el viento ―respondió ella―. ¿Por qué harías eso?

―¿Comprarte los libros? ―Adam levantó una ceja.

―Sobornarme para que vaya a cenar con tu familia. Tú tienes una familia, no entiendo…

―Es complicado.

―Tenemos tiempo.

―Aquí no. ―Adam hizo un gesto con su brazo para indicar a su compañera que saldría detrás de ella.

Comenzaron a caminar por la calle de la comisaría y ella se arrebujó bajo el poncho azul celeste que solía llevar esta época del año, pero ya iba siendo hora de sacar el abrigo de invierno. Adam no se abrochó su chaqueta, aunque Ophelia sabía que no era propenso a pasar frío.

―Mi madre y yo no nos llevamos muy bien ―titubeó Adam―. No desde que mi padre se fue. Esa fue una de las razones por las que tuve tantos problemas en el instituto. No me porté del todo bien, pero ella me sigue mandando mensajes de vez en cuando, como una vez al mes, todo conversación formal. Y sé que mis hermanas intentarán arrinconarme si me presento allí, por eso no quiero ir.

―Pues no vayas ―respondió Ophelia.

―No es tan sencillo, Danvers.

―En realidad sí lo es. No deberías ir a un sitio si no estás a gusto allí.

―Pero yo quiero mucho a mi madre, y también a mis hermanas es solo que… no sé muy bien cómo actuar cuando estoy con ellas.

―¿Y qué pinto yo en ese cuadro? ―preguntó Ophelia deteniéndose en la acera.

―Tú eres la que mejor me ha guardado las espaldas siempre.

―¿Siempre?

―Pensé que podrías…

―¿Aliviar la tensión? ―rio Ophelia.

―Sí.

―¿Qué ropa debería ponerme?

―¿Esa que llevas? ―dijo Adam―. Cualquiera esta bien.

―Parezco una rata mojada.

―Tu nunca pareces una rata mojada ―respondió Adam, sacando su vibrante móvil del bolsillo y pasándolo por encima del sensor que llevaba colocado en el brazo―. Tengo la glucosa algo baja, debería almorzar.

―¿Volvemos?

―Sí, tengo un zumo dentro ―respondió Adam, volviendo a guardar el móvil.

―Lo sé.

―¿Ya te lo había dicho?

―A veces escucho, aunque no te lo creas ―dijo Ophelia volviendo a entrar en la comisaría tras Adam. Lo que no había dicho era que desde que se enteró que su compañero era diabético, siempre llevaba algo de repuesto en el bolso para él.

Adam sonrió de nuevo, pero esta vez de verdad. Se le notaba mucho cuando reía de verdad, sobre todo en los ojos.

―No debería haber preguntado, no tienes por qué hacerlo ―dijo él, entre sorbos del zumo―. No es problema tuyo.

―Iré. ―Ophelia se encogió de hombros y se dirigió al despacho de su jefe.

 

Una vez en casa, rebuscó por todo su armario. Ophelia no tenía ni idea de lo que uno se ponía cuando iba a conocer a la familia de un compañero de trabajo. O de un compañero de piso. Se decidió por un jersey negro y unos vaqueros ajustados de tiro alto. También eligió las botas altas marrones por encima de las converse porque ya hacía frío por las noches.

Escuchó caminar a Adam por el pasillo y llamar a su puerta.

―¿Necesitas entrar en el baño? ―preguntó sin abrir―. Me voy a duchar.

―No, tranquilo ―respondió Ophelia. Había sacado su reducido neceser de maquillaje del baño porque sabía que él planeaba ducharse después de ella.

No se echó mucho. En realidad no controlaba mucho del tema, pero le gustaba usar labial de vez en cuando. Se decidió por uno rojo y se aplicó un poco de máscara de pestañas.

Se ahuecó el pelo, aun ligeramente mojado. Lo llevaba por encima de los hombros y decidió dejarlo suelto, aunque cogió una goma negra del neceser y se la colocó a modo de pulsera. No le resultaba del todo cómodo comer con el pelo suelto. Principalmente porque no sería la primera vez que lo metía en la taza del desayuno. Ni sería la última.

Buscó su abrigo de invierno marrón y la bufanda roja. Era su favorita. Las demás estaban bien, pero la roja era especial. Lo dejó todo encima de la cama y devolvió el maquillaje al baño cuando escuchó que Adam había abierto la puerta.

―Estás genial ―dijo él cuando la vio, mientras se frotaba el cabello con una toalla. Lo tenía más largo que ella. Se había puesto unos vaqueros oscuros y un jersey negro.

―Parecemos gemelas ―dijo Ophelia señalando los jerséis de ambos.

Adam se encogió de hombros.

―Por cierto, ¿puedes conducir tú? ―preguntó―. No me gusta conducir distancias largas.

―Claro, pero ya sabes que quien conduce elige la música.

―Me ofendes, Danvers ―dijo mirándola a los ojos a través del espejo―. A mí también me gusta Taylor Swift.

―Te estoy educando bien ―repuso ella―. En lo que a cultura pop se refiere. Cuando te conocí apenas escuchabas música.

―Y tampoco veía series.

―Mira, otra cosa por la que deberías estar agradecido.

―Y también lo estoy por la fantasía. El género fantástico, así en general.

―Deberías comprarme la saga entera. Sin mí, te habrías echado a perder. Todo ese material sin pulir que había dentro de ti, podrido. Qué lástima.

Touché.

―¿Cuánto se tarda en llegar? ―preguntó Ophelia.

―Hora y cuarto, más o menos ―dijo él desde su habitación.

―¿Salimos ya? ¿O es muy pronto?

―Como quieras ―respondió cerrando la puerta del armario, con un cárdigan en el brazo.

―Espera.

―¿Qué?

―¿Deberíamos llevar algo?

―No, mi hermana siempre insiste en que no. ¿Lo tienes todo?

―Sí ―dijo Ophelia comprobando su bolso―. ¿Has dado de cenar a Spoiler?

―Tu gata apestosa está poniéndose las botas en la cocina.

―Eh, no te metas con la gata… ―Ophelia se giró―. Espera, las llaves del coche.

―Aquí ―dijo él ofreciéndoselas.

 

Los viajes en coche siempre podían resumirse en Ophelia cantando y Adam mirando a Ophelia. Podría decirse que incluso él murmuraba las letras de sus canciones favoritas, pero no tenía el entusiasmo de Ophelia. Todavía. Ella sabía que era cuestión de tiempo.

―Repasemos ―dijo Ophelia cuando en el aleatorio saltó una de sus canciones menos favoritas―. Tus hermanas.

―Isabelle y Cassandra ―respondió Adam―. Las dos son mayores que yo. Cassandra es la primera. Ambas son adoptadas, así que no nos parecemos físicamente. Aunque hemos crecido juntos. Quiero decir que las recuerdo desde siempre. Cassandra es biotecnóloga.

―¿Eso existe? ―interrumpió Ophelia.

―Al parecer. Isabelle es artista conceptual.

―¿Pinta?

―Pinta que te cagas ―respondió Adam, provocando una carcajada en la detective.

―Vale. ¿Tu madre?

―Lauren ―respondió―. Es la alcaldesa de la ciudad. Lo lleva siendo como los últimos diez años, creo. La política es su pasión, por desgracia.

―¿Habla mucho de política? ―preguntó Ophelia preocupada.

―No, en las cenas familiares no. Aunque si quieres asegurarte no preguntes.

―De acuerdo. ¿Es todo lo que debo saber?

―El perro de mi hermana, el pomerania ―dijo él―. No recuerdo cómo se llamaba. ¿Eres alérgica?

―No que yo sepa. ¿Es bueno?

―A mí me odia, así que no te puedes fiar de nada de lo que te diga. ―Adam se encogió de hombros―. Es esta salida.

Ophelia giró y salieron de la carretera principal.

―¿Tú creciste aquí? ―preguntó cuando entraron en la localidad.

―Mi adolescencia. Cuando mi madre y mi padre se divorciaron, los cuatro nos mudamos aquí.

Con el rabillo del ojo, Ophelia observó cómo Adam se pasaba una mano por el pelo.

―Siempre haces eso ―dijo sin poder evitarlo.

―¿El qué?

―Te pasas la mano por el pelo cuando estás nervioso, cuando no sabes qué hacer con las manos.

―¿Me estás analizando?

―Soy detective ―respondió ella. Ophelia sabía que Adam no había preguntado con maldad―. Detecto.

Redujo la velocidad para fijarse en la vista del pueblo. Le pareció precioso.

―¿Cuántos habitantes tiene?

―Eh… como cuarenta mil, creo.

―Nunca había estado ―susurró ella, más para sí misma que otra cosa―. Espera, ¿qué es eso? ―preguntó señalando sin separar la mano del volante.

―El Parque del Centenario.

―¿Podemos parar? ―preguntó Ophelia.

―Eres tú la que va conduciendo.

Ophelia paró a un lado de la calle. Apenas si había coches aparcados.

Caminaron por el camino de tierra, que estaba mullido por todas las ocres hojas que los arces habían perdido.

―¿Hace mucho que no vienes? ―preguntó Ophelia, pero se apresuró a añadir―: No tienes que responder si no quieres.

―No, tranquila. Hará como un par de años quizá.

―¿Es raro volver?

―Un poco. ―Ophelia notó cómo Adam no sabía qué hacer con las manos de nuevo. Lo agarró del brazo apoyándose en él, un gesto que le salió solo. Si él se sorprendió, no dio señales de ello, tan solo metió la mano en el bolsillo de su cárdigan gris―. Tengo la sensación de que si me cruzo con alguno de mis compañeros del instituto, quizá les arree un puñetazo, y no quiero, porque después tendría que denunciarme a mí mismo, incluso aunque se merecieran el puñetazo.

―Yo me interpondré entre ambos ―dijo Ophelia―. ¿Te detendrías?

―Cien por cien. ―Adam sonrió. Era raro estar ahí con él, y a la vez, no era nada raro. Era el lugar donde sentía que debía estar.

―Me encanta el otoño, cuando los árboles están así ―susurró ella.

―¿Pelados?

―¡No! ―interrumpió ella―. Casi… dorados. Puedes ver todas las tonalidades de rojo en las hojas. Es cálido. Siento que me reconforta.

―Nunca lo había pensado de esa forma.

―¿Y qué te parece?

―Que sigo sin verlo.

Esta vez, ambos rieron. Pasearon hasta dar la vuelta completa al parque. Muy poca gente había ya, quizá porque la brisa que se movía era helada.

―¿Seguimos? ―preguntó Ophelia, señalando el coche. Adam asintió―. Tu familia, ¿sabe que vengo yo?

―Claro.

―¿Y qué opinan?

Ophelia no pudo evitar que su voz temblara ligeramente.

―Nada. Pedí expresamente a mi hermana Cass que se abstuviera de opinar.

―¿Se lo dijiste así?

―Sí. Le escribí: “abstente de dar una opinión” ―respondió Adam con una sonrisa―. No estés nerviosa, ya estoy yo para monopolizar los nervios.

―Podría hacerte competencia.

Ophelia aparcó justo frente a la casa que señaló Adam.

―¿Vivías aquí?

―Ajá.

―¿Cuánto cobra una alcaldesa? ―preguntó alzando una ceja―. Nos hemos equivocado de carrera.

―Discrepo.

―¿Estás listo? ―preguntó Ophelia al ver que Adam paraba frente a la puerta.

―No ―respondió, y llamó al timbre.

Ophelia lo cogió de la mano en un acto reflejo y él la estrechó en silencio, como si ninguno de los dos fuese plenamente consciente.

La mujer que abrió la puerta era… bueno, digamos que decir que era muy guapa no le hacía del todo justicia. El cabello castaño oscuro le caía en suaves ondas hasta por debajo del pecho, y su piel bronceada le otorgaba una calidez impresionante, que combinaba a la perfección con un mini vestido negro y ajustado de tirantes, dejando a la vista sus brazos completamente tatuados. Ophelia supuso que se trataba de Isabelle.

―¡Adam! ―dijo ella, lanzándose a los brazos de su hermano de un salto. Adam la sostuvo con un brazo, sin soltar con el otro la mano de su compañera.

―Yo también me alegro de verte, Izz ―dijo Adam, dejando a su hermana en el suelo.

―Tú debes de ser Ophelia, encantada ―dijo Isabelle, dándole una cálida bienvenida con un abrazo―. Ven, te presentaré a las demás. Por cierto, llámame Izzy.

―Te seguimos ―dijo Adam, evitando que Izzy secuestrara a Ophelia completamente.

La mujer se adelantó unos pasos y Adam se volvió hacia Ophelia.

―¿Estás bien? ―preguntó.

―¿Y tú? ―respondió Ophelia mirando alrededor del recibidor de la casa. Justo de frente a la puerta había unas escaleras cuya pared se encontraba repleta de fotografías. Se quitó la bufanda del cuello y la dejó colgando del pasamano antes de seguir a Adam, que la esperaba al inicio del pasillo.

Al llegar al salón, Izzy le presentó a su pareja, Theo, quien era en parte la responsable del arte que lucía Isabelle en los brazos. Lauren, la madre de Adam, estaba en un sillón cerca de la chimenea, porque por supuesto que tenían una chimenea. Había una bola de pelo blanca tumbada a sus pies que apenas si levantó una oreja ante su presencia.

―Mamá ―dijo él, pasándose una mano por el pelo. Lauren se levantó y abrazó a su hijo, como si el tiempo no hubiera pasado. Ophelia tuvo la impresión de que Adam no se esperaba ese gesto―. Ella es Ophelia.

―Tú eres la persona ―dijo Lauren, ofreciéndole una mano para que ella se la estrechara.

―¿La persona? ―preguntó Ophelia.

―La primera persona que mi hermano trae a casa ―dijo la que supuso que era Cassandra, una mujer pelirroja con infinidad de pecas y la nariz muy chata.

―Cass ―dijo Adam.

―Hola, hermano ―respondió ella, ofreciendo un abrazo mucho más breve que los otros dos que el hombre había recibido―. Debes ser realmente especial para haber sobrepasado las defensas inmunológicas de mi hermano, eso o realmente estúpida.

―¡Cass! ―riñó Lauren.

―Yo no he traído a nadie, recientemente me libré del peso que me lastraba ―continuó Cassandra―. Y pienso acabarme el vino para seguir celebrándolo. ¿Quieres una copa, Ophelia?

―Oh, no, tranquila, tengo que conducir después ―respondió Ophelia cordialmente.

―¿No os quedáis? ―preguntó Isabelle alarmada.

―No, Izz.

―¿Por qué no? ―continuó ella―. ¡Si incluso he convencido a Theo para que se quede! ¡Mañana haremos chocolate para desayunar! ¡Incluso busqué uno sin azúcar!

―Izzy… ―dijo Adam en tono de advertencia.

―Deja a tu hermano, Isabelle ―interrumpió Lauren―. Está aquí, disfrutemos de su presencia el tiempo que tengamos…

Ophelia detectó un deje de pesar en la voz de la mujer.

Izzy se fue al otro lado de la habitación y toqueteó el tocadiscos, dejando una suave melodía jazz de fondo.

―Cuéntanos, Ophelia, ¿trabajas con mi hijo? ―preguntó Lauren ofreciéndole asiento.

―Sí, somos los dos únicos detectives del departamento ―respondió Ophelia, sentándose en el sofá, dirigiendo sus manos a la chimenea, que desprendía un calor agradable―. Es un pueblo pequeño.

―¿Y te gusta vivir en un pueblo tan pequeño? ―preguntó Izzy.

―Sí, es tranquilo, comparado a… bueno, a las otras ciudades donde he vivido.

―¿Dónde has vivido? ―preguntó la mujer, sentándose en el apoyabrazos del sillón que ocupaba su madre.

―No seas cotilla, Izz ―dijo Adam, sentándose a su lado en el sofá―. No tienes que responder si no quieres.

―No, está bien ―Ophelia apoyó durante un segundo la mano en la rodilla de Adam―. Nací en España, y viví allí los primeros años de mi vida. Mi madre murió y después mi padre y yo nos mudamos por toda Europa durante un tiempo, en parte por su trabajo. Estuvimos en Italia, después en Croacia y luego en Alemania. Después vinimos a Estados Unidos y vivimos un tiempo en Nueva York. Y después vine aquí.

―¿Y tu padre? ―preguntó Isabelle.

―Vive en Australia. Es como si estuviese en otro planeta ―dijo Ophelia, sonriendo―. Hablamos todas las semanas, pero nos vemos poco.

―No lo sabía ―susurró Adam hacia ella, tan bajo que únicamente Ophelia escuchó su voz, pero se encogió de hombros en respuesta.

―Por eso pregunté a Adam si podía unirme a vosotras esta noche.

―¡Pues claro que sí! ―respondió Izzy entusiasta.

―Eres bienvenida aquí, Ophelia ―dijo Lauren con solemnidad, y la detective realmente se sintió bienvenida. Había algo tranquilizador en la voz de la mujer.

―¿Y a qué se dedica tu padre? ―preguntó Cassandra, apoyada en la repisa de la chimenea con su copa de vino tinto hasta arriba―. Has dicho que os mudabais por su trabajo.

―Es director de cine.

―¡¿Qué?! ―espetó Isabelle, que casi se atraganta―. ¿Quién?

―Bueno, se acabó el interrogatorio ―dijo Adam, cortando la conversación de raíz.

―Izzy, trae los aperitivos de la cocina, ¿quieres? ―continuó Lauren.

―Pero, pero…

―Por favor ―continuó su madre.

―¿Theo, me ayudas?

Las dos mujeres desaparecieron por el pasillo.

―Adam, ¿por qué no enseñas tu habitación a Ophelia? ―dijo Cass con una sonrisa pícara―. Está igual que hace quince años.

―Cass…

―¿Qué? ―respondió ella haciéndose la sorprendida.

―A mí me encantaría verla… ―dijo Ophelia, consiguiendo liberar el aire que Adam había estado conteniendo dentro.

Adam se levantó y le ofreció la mano. Ophelia la tomó y él tiró de ella, levantándola del sofá.

Mientras subían por la escalera, Ophelia se paró para ver las fotos de los pequeños hermanos, preguntándose lo que habría sido tener un hermano propio antes de continuar el recorrido hasta su habitación.

―Oye ―dijo Ophelia―. No tienes que enseñármela si no quieres. Es algo muy privado. ―Adam se encogió de hombros―. Entendería si no quisieras que lo viera.

―No me importa ―respondió él, abriendo la puerta―. Dios, está igual.

Ophelia entró en la habitación y no encontró nada terrible, solo la habitación de un adolescente. En realidad, se parecía mucho a la última que ella había tenido.

Una cama doble pegada a un rincón, un largo escritorio bajo una ventana con un ordenador y varias consolas de videojuegos. Ophelia distinguió una Super Nintendo, una Atari, una PlayStation 2 y una Xbox 360. También había una estantería al final. Un armario frente a la cama y un teclado en el hueco que quedaba. Apenas había cuadros, tan solo un póster de Regreso al Futuro. Ophelia se acercó a la estantería, que se dividía en dos partes, una zona de libros y una de videojuegos.

―Solo tienes juegazos ―susurró Ophelia hipnotizada―. ¡Tío, el Super Metroid! ―La mujer se giró para mirarlo, pero él se mantuvo en silencio―. Espera, espera, espera… ¡no me digas! ¡Tienes los Jak and Daxter!

―¿Los jugaste? ―preguntó acercándose a la estantería.

―¿Qué si los jugué? ―dijo Ophelia con los ojos muy abiertos―. ¡Los quemé! ¡Eran toda mi vida!

Adam soltó una risilla tímida.

―¿Cuál era tu favorito?

―No puedo elegir entre mis hijos ―dijo Ophelia, poniéndose una mano sobre el corazón―. ¿Tú puedes?

―El dos fue el que más jugué. Creo que me sentía representado por él de cierto modo. Salvando las distancias, claro.

―Claro. ―Ophelia pasó a mirar los libros, y muy pronto descubrió que eran casi todos clásicos― Vaya, ni me sorprende.

―Te dije que tú me descubriste la fantasía.

―Ya, pero tienes un póster de Regreso al Futuro, tío, no puedes ser tan contradictorio…

Adam sonrió de nuevo.

―Contengo multitudes ―respondió.

―¿Cuál era tu favorito? ―preguntó ella.

―Eh… Dorian Gray, porque soy una básica ―respondió él antes de que Ophelia lo dijera―. Aunque Orgullo y Prejuicio también ocupa un lugar en mi corazón.

―¿En tu duro y frío corazón?

―Já.

Ophelia no terminó de admitir que la sorprendió ver tantas autoras en su colección, aunque no debería haberla extrañado, Adam nunca había puesto pero alguno a sus recomendaciones, independientemente del género de la persona que escribiese.

―¿Tocas? ―preguntó Ophelia, sentándose en el banco del teclado, dejando hueco para que él se sentara.

―Hace como veinte años, sí ―respondió él sentándose a su lado. Adam se sacó una hoja de papel del bolsillo de los vaqueros y se la entregó.

Ophelia la desplegó y encontró allí escrito, del puño y letra de su compañero, lo siguiente:

 

“Yo, Detective Adam Garmus, en pleno uso de mis facultades mentales, me comprometo a adquirir y obsequiar a la Detective Ophelia Danvers los primeros siete títulos de la saga La Rueda del Tiempo, véanse El Ojo del Mundo, La Gran Cacería, El Dragón Renacido, El Ascenso de la Sombra, Cielo en Llamas, El Señor del Caos y La Corona de Espadas; a cambio de su compañía en la cena del día de Acción de Gracias de noviembre del 2023”.

 

Jueves, 23 de noviembre de 2023.

Todo eso acompañado de su firma y un hueco para que ella firmara. Cuando Ophelia miró hacia arriba, Adam le ofrecía un bolígrafo, de esos de tinta líquida. Eso tampoco la sorprendió.

―Esto no es necesario, Adam ―dijo Ophelia―. De verdad que no.

―Un trato es un trato, Danvers,  y lo querías por escrito.

Ophelia tomó el bolígrafo y firmó, apoyándose en la parte sin teclas del teclado.

―Gracias ―susurró devolviéndole el bolígrafo.

Sus manos se encontraron un segundo y algo dentro de Ophelia cambió.

Fue como caerse de una gran altura antes de comprobar que podías volar. Fue como darse cuenta de una conexión después de leer los cuatro primeros libros de una decalogía. Podía incluso escucharlo en el silencio que reinaba en la habitación. Podría haberlo visto con los ojos cerrados.

Adam seguía en su posición, pero Ophelia se sintió atraída hacia él, como si una fuerza magnética la instase a acercarse. Él comenzó a acercarse a su vez cuando vio a Ophelia cerca. Podía sentir su aliento. Sus narices se rozaron, y ambos sonrieron.

Eso estaba bien. Era correcto. Ophelia lo sentía dentro de sí, y no entendió cómo había tardado tanto en darse cuenta.

Sus labios se juntaron por fin. Apenas si fue una caricia. Los anchos labios de Adam eran cálidos y suaves, y le daban la bienvenida. Él levantó su mano para rozarle la mejilla y Ophelia se apoyó en su brazo. Podía sentir físicamente chispas allí donde sus pieles coincidían.

Un ruido los puso de nuevo en alerta. Había alguien en la puerta, pero esta se mantenía entrecerrada.

―¡Izzy! ―gritó Adam, levantándose.

―¡Perdón! ―gritó ella, pero ya bajaba por las escaleras.

―Lo siento, Danvers ―dijo Adam, con la mano en el pomo de la puerta―. No tendría que… No debería haberlo hecho.

―¿Cómo dices? ―preguntó Ophelia, confusa, frunciendo el ceño.

―Yo…

―Pues yo nunca lo había tenido tan claro ―respondió ella a la defensiva―. Desde luego que no lo lamento.

―¿No? ―preguntó Adam, pero no se había dado la vuelta. Aún seguía agarrando el pomo con fuerza.

―Claro que no ―susurró ella, llegando hasta él, apoyando la mano en su brazo, obligándole a mirarla―. Podemos quedarnos esta noche, si quieres. No me importa.

―No quiero obligarte ni nada, no es necesario… no quiero que te sientas…

―Me encanta el chocolate ―cortó ella.

―Lo sé ―respondió él.

―Pues entonces no pienses en nada más.

Ophelia se puso de puntillas y Adam redujo la distancia restante hasta sus labios agachándose levemente. El contacto parecía volverse mejor cuanto más lo repetían.

―Creo que nuestra primera cita está siendo un poco bestia ―susurró él, aún muy cerca de ella.

―Deberíamos mantener el listón más bajo la próxima vez ―respondió Ophelia, pero ambos rieron.

Antes de volver abajo, Ophelia se volvió hasta el teclado para recoger el contrato que ambos habían firmado, guardándolo en el bolsillo de atrás del pantalón. 

 

NOTA DE LA AUTORA

Sí, te mentí. No, no es un relato de misterio, es una historia de amor.

Al pensar en la palabra que inspiró este relato, otoño, la primera imagen que se me vino a la mente fue la del short film de all too well, la protagonista dejando la bufanda en el pasamano de la escalera. Siempre que pienso en el otoño, una parte de mi recuerda esa canción.

Después, pensé en cuantísimo me suelen gustar las historias de amor en las cuales entre los protagonistas no hay ninguna diferencia de poder, lo bonito que es que sean iguales, de alguna forma equivalentes, y lo que me emociona el que el sentimiento predominante entre estos personajes sea el respeto (sí, me emociono con el mínimo indispensable).

¿Por qué detectives? Pues no estoy muy segura, quizá porque en mi mente son personas observadoras, que se darían cuenta de microgestos o microexpresiones en la gente de su alrededor.

Esta historia me calentó tanto el corazón que le dediqué dos días del reto, obligándome así a desechar una de las otras palabras.

¿Me arrepiento?

ABSOLUTAMENTE NO.

Nos vamos leyendo. x.

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