"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE VII: UN FALLO DE LA NATURALEZA
Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la séptima.
Ver el final del documento para más notas.
Contenido sensible (TW): en este relato encontrarás escenas de violencia explícita, muerte y sangre.
Día 7 - Concepto: AMISTAD.
"un fallo de la naturaleza"
La noche sobre la ciudad era oscura. Hacía ya años que las
noches eran siempre oscuras. Incluso los días lo eran. Katherine hacía tiempo
que había perdido la noción del tiempo. Días, años, décadas; todo era lo mismo
para ella. Hacía siglos que se había vuelto invariable. Una vez la inmortalidad
le había parecido insuficiente. Parecía otra vida.
Los lobos que la perseguían eran cada vez más furiosos, la
infección los estaba echando a perder. La ironía estaba en que las
propias manadas elegían infectarse, pensando que los haría más fuertes, más
resistentes, creyendo que les permitiría controlar su transformación, pero solo
los volvía más inestables. Katherine no necesitaba estar infectada para sentirse
furiosa. Últimamente era todo lo que sentía.
El viento golpeaba su cara mientras recorría las calles en su
motocicleta, dejándose ver. No quedaba ningún humano en la calle, apenas
quedaban humanos.
Katherine podía oírlos persiguiéndola, los sentía observándola. Había
algo que ella tenía que ellos querían por encima de todo, o bueno, ellos creían
que lo tenía. Era suficiente para seguir cazando.
Giró hacia la derecha, virando a toda velocidad. Los lobos
eran cazadores de manada, siempre lo habían sido. Aunque ahora fuesen rabiosos,
había costumbres que no se perdían. Podía oír sus corazones reuniéndose, podía
oler su sangre, incuso a tanta distancia.
Durante un segundo, creyó captar el latido de un corazón que una vez
le fue íntimamente familiar, pero lo ignoró, pensando que habían sido
imaginaciones suyas, porque no era posible. Giró al siguiente callejón,
sabiendo que allí esperaban a la reina.
Frenó la moto y aprovechó su inercia para que rodara por el
suelo atropellando a dos lobos mientras ella saltaba sobre otro. Una vez encima
de él, sacó una de sus pistolas semiautomáticas y disparó a matar.
Disparó a dos más en el torso, el lugar más fácil de acertar en movimiento, y
ambos cayeron al suelo mientras los proyectiles de plata explotaban en su
interior, aunque Katherine sabía con certeza que no estaban muertos. Todavía.
Una cuarta loba le lanzó un arpón a una pierna, acertando en su
muslo derecho y provocando que cayera sobre una rodilla. Otro arpón le atravesó
el hombro izquierdo, arrastrándola hacia atrás, mientras dos lobos le ponían
grilletes en las manos. Bien.
Katherine se dejó ir. Sus ojos se tornaron dorados, como los
de los lobos completamente transformados, y los vasos sanguíneos alrededor de
su cara se volvieron negros, como los de los vampiros en pleno frenesí. Los
lobos no podían ver esto, puesto que tenía la vista fija en el suelo, el pelo
libre tapando su rostro y ninguno se había acercado tanto.
―Ahora responderás nuestras preguntas ―dijo un hombre
acercándose unos pasos dubitativos hacia ella. Sabía dónde se encontraba a cada
segundo, podía oírlo, podía oler su miedo y su infección.
―Verás, yo no estoy aquí atrapada con vosotros ―susurró Katherine―.
Vosotros estáis aquí atrapados conmigo.
Katherine giró sus muñecas para atrapar las cadenas entre sus
dedos, y cuando las tuvo aferradas con fuerza, tiró, causando que dos de los
lobos que la sujetaban, un hombre y una mujer, saliesen volando por los aires. Fue
entonces cuando ella levantó la vista y el alfa de aquella reducida manada pudo
observar sus ojos con claridad.
―¡Se está transformando! ―gritó.
Los grilletes cedieron fácilmente ante la fuerza completa de
la híbrida, quien hizo chillar el metal de los cierres con sus manos desnudas.
El arpón de su pierna tiró de ella violentamente hacia atrás,
provocándola un gruñido. Agarró la cadena con la mano y tiró haciendo resbalar a la loba que la sostenía. Katherine sujetó con fuerza el arpón y tiró de la cadena hasta que el
primer eslabón se abrió y las dos partes del mecanismo se separaron, pero el lobo
que tiraba del arpón de su hombro provocó que cayera hacia delante. La cazadora sacó un
shuriken de aleación de plata de su
bota y se lo lanzó, acertándole en el cuello.
Presionó el arpón de su pierna hasta que la atravesó el
músculo por completo y lo extrajo por delante, ahogando un grito en el proceso.
Comenzó a notar la curación acelerada cerrando sus heridas, creando nueva
carne, nueva piel.
Una ráfaga de disparos surcó el aire y Katherine se agachó,
cubriéndose la cabeza con el brazo. Cuando se giró en busca del origen de las
balas, el lobo que disparaba recibió un tiro en un ojo.
Eso era extraño. Katherine era una cazadora solitaria, y no
tenía aliados en esa ciudad. Recogió una de las cadenas del suelo y la usó para
atrapar a una loba que estaba levantándose. Tiró de ella y le partió el cuello
de un golpe.
―¿Queréis más? ―preguntó rabiosa.
Cuatro lobos la rodearon. Katherine sacó su otra pistola
semiautomática y se deslizó sobre el suelo entre dos de sus oponentes, saliendo
del círculo, disparando a uno y sacando una daga de su cinturón y usándola para
seccionar el cuello de otro. Se giró para enfrentar a los dos que quedaban,
pero una figura oscura en la noche los disparó en la cabeza sin dudar, sin
fallar.
Era el latido que había reconocido antes. Era un imposible. Era Helsan. No
había cambiado absolutamente nada. Los mechones negros de cabello cayendo sobre su frente. Su camisa negra. El abrumador olor de su sangre de oro cantando para
ella mientras recorría cada centímetro de su cuerpo. Deseó gritar hasta quedarse sin voz.
―¿Qué coño estás haciendo aquí? ―escupió Katherine, guardando
una de sus pistolas en la funda que tenía sobre el muslo izquierdo.
―Buscándote. No eres fácil de encontrar. Date la vuelta
―respondió Helsan, carente por completo de rabia o furia. Katherine odiaba eso
de él. Odiaba que no le guardase rencor.
―¿Cuánto ha pasado? ¿Diez, quince años? ―repuso ella,
mientras él sacaba el arpón que salía por su espalda.
―Trece.
―Si me has encontrado ha sido porque he dejado de esconderme.
Porque he salido a cazar.
―Lo sé. ―La voz profunda, grave y tranquila de Helsan provocaba que Katherine
recordara cosas que no quería volver a invocar. Cosas que se había esforzado
por enterrar.
―¿Qué quieres de mí?
―Quiero hablar.
―Pues yo no. Así que será mejor que te apartes ―dijo Katherine,
dándose la vuelta para recuperar su motocicleta.
Se apartó justo a tiempo de esquivar una bala, pero fue
Helsan quien recibió el impacto. Ni siquiera había oído el corazón latiente de
esa loba, que aún seguía viva. Eso era lo que Helsan provocaba en ella.
Katherine se dio la vuelta a velocidad vampírica y alzó del
cuello a la mujer, que tenía los ojos negros característicos de la infección.
―Jamás podréis controlarlo como yo ―escupió Katherine antes
de rebanarle el cuello con la daga que aún tenía en la mano, la que había usado
con el otro lobo.
Guardó su daga y se propuso recuperar las armas que había
perdido cuando Helsan se desplomó en el suelo.
Katherine se acercó a él a alta velocidad.
―¿Por qué no la has expulsado? ―preguntó ella.
―No lo sé ―dijo Helsan conteniendo el aliento. Se levantó la
camisa con una temblorosa mano y ella observó el impacto, colocando la mano
sobre su abdomen, sobre su sangre derramada. A Katherine se le hizo un nudo en
la garganta del tamaño del hombre.
―Se mueve ―observó ella, obligándose a tensar los músculos
para mantener el control―. Cerca de aquí hay un refugio.
Katherine recuperó sus armas y su motocicleta, se acercó a
Helsan y lo levantó con un brazo. Condujo el camino de vuelta con el calor que
emitía el hombre en su espalda, con el embriagador olor de su sangre sobre ella,
que le había provocado tantos sentimientos en otro tiempo, con su familiar
latido, que había sido su roca en otra vida.
Dejó la moto en la calle y abrió la puerta usando una de las
contraseñas del aquelarre, cargando con el peso de Helsan sobre sus hombros.
Subieron las escaleras y entraron en el refugio, un piso franco prácticamente
vacío y que parecía largamente abandonado. Así eran las cosas ahora.
Sentó a Helsan en una camilla en la oscuridad y volvió a la
entrada para activar las luces.
Cuando regresó con él, éste se estaba desabrochando la
camisa con dedos temblorosos. En contra de su voluntad, la mujer se distrajo un segundo, pero volvió rápido
a su tarea. Se deshizo de su chaqueta negra y se dispuso a registrar los
cajones de la enfermería del refugio. Encontró entre varios instrumentos un
bisturí y unas pinzas. Eso valdría.
―Túmbate ―ordenó ella.
―Podrías matarme con eso ―dijo Helsan con un quejido,
siguiendo su indicación.
―¿De verdad?
―Depende de tu imaginación, supongo. La mía nunca ha dado con
la clave para conseguirlo. ―Katherine bufó en respuesta.
La sangre dorada de Helsan se había derramado sobre su
abdomen. A la híbrida se le hizo la boca agua al saborear la familiaridad que traía el oro. Tragó fuerte y
palpó el abdomen del hombre.
Un escalofrío recorrió a Helsan ante el contacto de la mujer,
como siempre que ambos se tocaban. Los ojos de Katherine comenzaron a cambiar. Él lo pudo ver y decidió rozar su muñeca.
―Eh, sigo confiando en ti ―susurró.
―Eso no me reconforta ―respondió ella, mirándolo a los ojos
mientras realizaba la incisión. Dejó el bisturí y tomó las pinzas, buscando el
proyectil dentro de él prácticamente a ojo, impulsada por su
instinto.
Helsan gruñó echando la cabeza hacia atrás mientras luchaba
por mantenerse lo más quieto posible, agarrándose con fuerza a la camilla.
Katherine consiguió agarrar el proyectil y lo sacó.
―¿Qué es? ―preguntó él.
―Una especie de buscador dirigido ―respondió ella
observándolo con atención. Lo soltó en la bandeja del instrumental.
Se remangó y sacó una de sus dagas para hacerse un profundo
corte en la palma de la mano, ofreciéndole a Helsan su sangre. Él negó con la
cabeza. Nunca le había agradado consumir sangre, pero la de ella lo ayudaría a
sanar más rápido.
―Madura, ¿quieres? ―dijo Katherine, clavando sus uñas en la
herida para evitar que se cerrara―. Eres muy mayor para esas pataletas.
Helsan agarró con suma reticencia su muñeca y tomo sus dedos
con la otra mano, abriendo su palma, acercándose la herida a la boca, bebiendo
de ella. Cerró los ojos y rápidamente apartó su mano. Katherine pudo ver con
claridad cómo las lágrimas se derramaban por su rostro.
―No es tu sangre lo que no quería, Katherine, eran tus
recuerdos ―dijo él, limpiándose la sangre de los labios con el puño de su
camisa.
―Vaya, lo siento mucho ―respondió Katherine cargada de fina
ironía.
―Tiene los ojos verdes ―continuó él como si ella no hubiese
dicho nada.
―No sacó eso de mí.
―Es verdad que no sabes dónde está.
―Ja ―rio secamente―. ¿Has venido a preguntar por mi hija?
―Nuestra hija ―corrigió él.
―¿Nuestra? ―continuó ella con una sonrisa burlona―. Está a
salvo. Todo lo a salvo que puede estar en esta mierda de mundo.
―No está a salvo si tú no estás con ella. Tú eres el
lugar más seguro que existe.
―Eso es muy hipócrita por tu parte, Helsan, ya que tú no
estabas allí cuando se tomó la decisión. Creo recordar que estabas ayudando a
Victoire a destruir el mundo. ¿De qué color son sus alas ahora que ha sido
corrompida hasta la médula? ―sonrió ella con amargura.
―Era mi protegida, no podía haber hecho otra cosa.
―Podrías haber vuelto para proteger a nuestra hija.
―No hagas eso, tú misma dijiste cuando te marchaste que no me
harías elegir.
―¡Y no te hice que elegir! ¡Pero yo sí que tuve que hacerlo!
―gritó Katherine―. ¡Elegir a mi familia, a mi pueblo!
―¿Y dónde quedé yo, Katherine?
―¡BASTA! ―Katherine se acercó con la daga en la mano y la
apoyó en el cuello de Helsan―. Deja. De. Hablar. ―Una amenaza vacía, porque eso
no lo mataría. Había perdido el control de nuevo. Se giró y cerró los ojos con
fuerza, reclamando la autonomía de su cuerpo―. No tienes ningún derecho a
volver a aparecer de la nada después de tanto tiempo y tratarme como si te debiera algo, porque eres tú
el que está en deuda. Una lista tan larga de decepciones que tu palabra ya no
vale nada.
―Tienes razón, estoy en deuda contigo por muchas cosas. Pero entre
tú y yo, Katherine, siempre habrá algo. Este sentido de… lealtad, nunca se irá,
porque tú y yo somos lo mismo. ―Katherine bufó con un gesto de incredulidad―.
Sí, Katherine, porque esa furia que tú sientes dentro, yo también la sentí. Sé
lo que es. Puedo ayudarte. ―Había algo en la manera en la que Helsan
pronunciaba su nombre completo que lo diferenciaba de todos los demás. La
removía por dentro.
―No, no puedes, Helsan, porque yo no quiero tu ayuda
―respondió ella afilada―. No puedes ayudarme como no pudiste ayudarte a ti
mismo, puto ángel caído.
―Yo tampoco quería ayuda, pero la ira paró. ―Katherine se
giró para mirarlo, pensando no te atrevas―.
Tú la detuviste.
―Eres un cabronazo ―dijo ella, saliendo de la habitación.
Katherine pudo oír cómo Helsan se levantaba y salía tras
ella. No podía lidiar con él en ese momento. Se dirigió a la cocina y abrió
todos los armarios.
―Podemos hacerlo, tú y yo, ya lo sabes.
―¿Hacer qué? ―respondió mientras continuaba buscando en los cajones.
―Volver a luchar. Reunir a los que queden ―dijo él, aun
persiguiéndola.
―Míranos, Helsan, una general sin ejército y un ángel sin
alas. Parecemos un mal chiste. Ya no queda nada por lo que luchar.
―Nuestra hija es algo.
―Nuestra hija ya no necesita ayuda. Está mejor sin nosotros
―respondió Katherine, frenética por encontrarlo todo vacío.
―¿Qué buscas? ―preguntó él.
―¡Sangre! ―gritó Katherine―. Porque tú presencia no me deja
pensar con claridad. Ni eso puedes darme. ―Katherine lo enfrentó, parada en la
enfermería de nuevo. Ambos se miraban en la fría luz del refugio―. He perdido
sangre en la caza y todo lo que oigo es la tuya. No puedo sacarme tu olor de encima,
me quemas por dentro, Helsan.
Se volvió a dar la vuelta y buscó por la enfermería.
―Katherine.
Encontró dos bolsas de sangre vacías en un armario. Gruñó, las
lanzó lejos y siguió buscando. Debería haber un destilador en el refugio.
Con la visión periférica, Katherine vio cómo Helsan invocaba
su espada de luz, la espada de luz de los ángeles. La híbrida hizo uso de su
velocidad para agarrarlo del cuello y de la muñeca y empujarlo hasta la pared,
haciendo que soltara la espada, que se desvaneció antes de tocar el suelo.
―¿Qué crees que haces? ―dijo ella, ojos dorados, capilares
marcados, colmillos fuera. Preparada para destriparlo.
―Tómala, Katherine ―respondió Helsan tranquilo bajo la
ineludible y constante presión de su agarre―. Tómala.
―No sabes lo que dices. ―Katherine estaba salivando, a un ligerísimo
movimiento de dejar marchar el control.
―Hazlo. ―Helsan cogió suavemente a la híbrida del brazo con
el que apresaba su cuello. Ni en esos momentos le tenía miedo. Nunca se lo
había tenido. Katherine no lo entendía―. Está bien.
Se acercó lentamente a su cuello sin darse cuenta, soltando
su agarre, hundiendo sus colmillos.
Cuando la cálida y dorada sangre del ángel comenzó a llenar
su boca y se extendió por todo su cuerpo, provocó que el mundo resplandeciera. Katherine tuvo la
sensación de no poder parar, de no querer parar, como cada vez que había bebido
de él. Después llegaron sus recuerdos, años de soledad y miseria, bien. Después,
una de las últimas veces que se vieron, que estuvieron juntos realmente, el día
que engendraron a su hija, un milagro que ninguno de los dos creyó posible. Lo
único que nunca pudo tener de todo lo que había deseado. Un fallo de la naturaleza. Una
mezcla de las peores y mejores partes de ambos, un rayo de luz en la oscuridad.
Después, imágenes inconexas de la Última Batalla, de su cambio de bando en el
último momento, de cómo se encontraron en medio del caos y lucharon juntos una
última vez para matar a un traidor. Y el dolor de comprobar cómo eso no
había sido suficiente para ella. Su dolor no era suficiente.
El corazón de la híbrida se aceleró con el frenesí, y
prácticamente ni notó que Helsan
acariciaba su pelo.
Katherine se separó de él violentamente al asimilar el gesto
de complicidad que el ángel había tomado. Que había robado.
―¿Cómo te atreves? ―susurró con veneno.
Helsan se apoyó en la pared, cerrando los ojos para asimilar
la pérdida de sangre.
―Sabía que no me harías daño. No puedes matarme, Katherine,
de la misma forma que yo no puedo matarte ―dijo sin siquiera mirarla, sin
levantar los párpados―. Estamos vinculados, tú y yo. No importa el tiempo que
pase.
Katherine se mantuvo lejos en la habitación, mirándolo en
silencio. Por fin abrió los ojos. La miró y volvió a invocar su espada,
haciendo gestos muy lentos.
―¿Por qué sigues volviendo, Helsan? ¿Por qué siempre vuelves?
―preguntó la híbrida con un rencor y un pesar que no se esforzó por ocultar.
―Después de la Última Batalla, conservé la espada con la
única intención de entregársela a Aurora ―dijo muy despacio―. De ofrecerle el
último pedazo de legado que me queda.
―Debiste ofrecerte tú. Eres su padre, Helsan. Deberías haber estado
ahí.
―Lo sé. ¿Crees que no me arrepiento?
―¿Te arrepientes?
―Cada día.
―Bien.
―¿Te sientes mejor ahora que sabes de mi miseria?
―¿Cómo te sientes al saber que fuiste el causante de la mía?
―espetó Katherine―. Por suerte, Aurora no estaba sola. No creció sola.
―¿Calahan? ―preguntó Helsan, desviando la mirada, buscando
algo en las manos de la mujer que no halló―. ¿Sigues casada con él?
―¡YO, HELSAN! ―gritó Katherine desde el fondo de sus
pulmones―. ¡Yo estaba ahí con ella! Todavía no lo entiendes. No tienes ni puta idea.
―Te equivocas.
―No lo creo.
―¿Por qué eres así?
―¿Así cómo? ¿Amargada? ¿Furiosa? ¿Loca? ―preguntó mordaz―.
Eso es todo lo que me queda. Cuando perdimos la guerra y mis fuerzas se dispersaron,
cuando tuvimos que escondernos para sobrevivir, la esperanza se marchó. Se
marchó junto con la vida, con el color, con la luz. Con tus compañeros los
ángeles, que se abstuvieron del conflicto. Que miraron mientras todos los demás
moríamos a manos de uno de los suyos, corrompida, maldita, la líder de las fuerzas de
sombra. Y tú estabas a su lado. Soy así porque ser así es lo único que queda. La
Katherine que tú conocías ya no está, Victoire la mató, con tu ayuda. Y aun
así, no he sido capaz de librarme de ti. Nunca podré. No después de todo.
―Lamento haberte provocado todo eso. ―Katherine rio,
apreciando la ironía del asunto.
―Tú y yo no podemos ser amigos, ni amantes, ni nada juntos.
―Tú siempre serás importante para mí. Aunque no sea
recíproco. No puedo evitarlo. Somos familia, Katherine.
Helsan apoyó la espada en la camilla sin desvanecerla, un
mandato que solo podía lograrse con intención, y se acercó a ella.
―Somos tóxicos, Helsan ―susurró ella sin moverse,
permitiendo que se acercara―. ¿Por qué sigues volviendo? ―Y añadió―: Sé sincero
conmigo.
―Porque te quiero.
―¡PUES DEJA DE QUERERME! ―gritó ella.
―¡NO PUEDO! ―respondió él―. ¿Acaso tú puedes? ¿Has podido
alguna vez, con el paso de los años? ―Katherine desvió la mirada―. Tú siempre
te has mantenido presente en mi mente, una fuerza imparable desde el día uno.
―Te odio.
―Lo sé ―dijo él, tendiendo una mano tentativa hacia ella.
La furiosa híbrida tomó su mano con fuerza y lo abrazó. La
repugnante sensación de que no estaba todo perdido se abrió paso por su pecho
sin que ella pudiese hacer nada.
―No podemos ganar ―susurró ella―. No quedamos tantos.
―Pero seguiremos resistiendo, Katherine, es lo que mejor
sabemos hacer.
―Sobrevivir.
NOTA
DE LA AUTORA
Al
principio, al tener la lista de palabras y contemplar esta, amistad, pensé
rápidamente que escribiría alguna historia inocente sobre dos amigas o algo por
el estilo. Cuando llegó el día, decidí que podía retorcer el sentido de la
palabra y probar algo como no podemos ser
amigos. Y ahí entraron estos personajes.
Katherine
y Helsan son posiblemente los personajes que más tiempo llevan sentados en un
rincón de mi mente, seguramente alrededor de quince años, pero nunca los había
escrito. Es una sensación rarísima, porque siento que los conozco a la absoluta
perfección, pero nunca lo había puesto en palabras, hasta este día. Y no solo
este día.
Katherine
y Helsan son los personajes protagonistas de cuatro de los relatos que
resultaron de este mes de noviembre, porque una vez empecé a escribirlos, no
quise abandonarlos.
Estos
cuatro relatos no se publicarán en orden cronológico, pero el orden sería (y
atentos al spoiler de los títulos):
PARTE
XVI “EN LA PENUMBRA ERA LIBRE”;
PARTE
VIII “UNA ESQUIRLA DE HIELO”;
PARTE
VII “UN FALLO DE LA NATURALEZA”; y finalmente,
PARTE
XV “AURORA”.
ADEMÁS, COMO EXTRA, HE CREADO UNA PLAYLIST EXCLUSIVAMENTE PARA ESTOS DOS PERSONAJES, PUEDES ENCONTRARLA AQUÍ.
Nos vamos leyendo. x.



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