"LAS 26 PALABRAS MALDITAS" PARTE VIII: UNA ESQUIRLA DE HIELO

Al inicio de noviembre, cuando en la página oficial de NaNoWriMo me pidieron un nombre para el proyecto, escribí sin pensar "Las Treinta Palabras Malditas". Al final, se quedaron en 26. Esta es la octava.

Ver el final del documento para más notas.

Día 8 - Concepto: HIELO.

"una esquirla de hielo"

Katherine lo había rastreado durante meses en busca de sus costumbres. Sus manías las conocía ya todas, pero no sabía lo que había cambiado para que ahora él estuviera solo. Había mandado infiltrados para estar segura, y aunque lo había observado desde lejos, no habían hablado cara a cara desde… bueno, desde antes de La Escisión.

Vio como giraba en la siguiente esquina, pero había reconocido el latido de su corazón mucho antes de que entrara en su campo de visión. Ese latido que lo había sido todo para ella, un latido que seguramente no dejara de buscar nunca en extraños que no le darían nada.

 Helsan entró en la cafetería de la plaza de aquel minúsculo pueblo, como había hecho cada día de las últimas cinco semanas.

Se puso en pie de nuevo sobre el tejado del edificio de dos plantas en el que había permanecido agazapada para reunirse con David, uno de sus agentes de mayor confianza. Incluso podría decirse que era un amigo.

―Lo veré sola ―informó Katherine. David asintió sin cuestionarla―. Manteneos en el perímetro exterior del pueblo, nos marcharemos esta noche. Gracias, David.

El joven vampiro se alejó, dejándose caer al otro lado del edificio y desapareciendo de su vista.

Era hora de hablar con un ángel caído.

Katherine se mantuvo a cierta distancia de él hasta llegar al parque en el cual se sentaba a beber una infusión y leer las noticias. Se acercó por detrás a su banco y se apoyó en el respaldo.

―Estás hecho todo un vejestorio ―dijo la mujer. Podía oler su repugnante té negro con leche desde hacía varias calles.

―Katherine ―susurró él, pero no giró el rostro. Su grave tono de voz provocó un escalofrío en los brazos de la híbrida―. ¿Estás aquí de verdad, o tan solo eres un recuerdo?

―Uno muy vívido ―respondió. No había esperado que el nombre de ella en sus labios la afectase de la manera que lo hizo.

Katherine rodeó el banco y se dejó caer a su lado, colocándose el abrigo.

―En ese caso, he oído que al parecer tenemos la misma edad, tú y yo. Después de todo.

―Ah ―respondió ella―. Algunas lenguas habría que cortarlas, ya sabes, para evitar que los rumores indeseados se dispersen como la pólvora.

―¿Es cierto entonces? ―preguntó cauto.

―En todas las historias hay parte de verdad, elije creer la que más te convenza ―dijo Katherine, sacudiéndose una mota de polvo de la falda.

Helsan acercó una mano temblorosa para tocarla, rozando su muslo cerca de la rodilla, temeroso de que fuera a desaparecer, pero no lo hizo. Ella pudo sentir el cálido contacto del ángel a través de la fina tela de las medias, y se refugió en la idea de que estaba completamente en control, decidiendo llevar su mano hasta la de él. Helsan entrelazó los dedos alrededor de los de la mujer y los mantuvo así.

―¿Qué es lo que quieres saber? ―preguntó el hombre seguro de que no era una visita de cortesía. La conocía muy bien, o al menos, conocía una versión de ella que había sido.

―¿Por qué estás solo? ―preguntó ella, sin encontrar motivos para ocultarle su curiosidad.

―Victoire se está replegando, buscando nuevos aliados para ganar la última batalla.

―¿Y te ha dado vacaciones?

―Me ha mandado vigilar esta zona, por si había posibilidades de…

―De que apareciera yo.

Katherine echó la cabeza hacia atrás. Debería haberlo sabido.

Desde La Escisión, las fuerzas de Victoire habían mermado lo suficiente como para considerar un alto el fuego. Un preciado momento de paz en busca de nuevos aliados. La retirada de las fuerzas de Katherine y la parte del Consejo Original que marchó con ella, además de la retirada de las tres manadas más grandes de lobos habían dejado a su rival completamente aislada.

―¿Tienes orden de capturarme?

―De engatusarte, creo ―respondió Helsan.

―Ah. ―Katherine sonrió.

―Ya, supongo que al final Victoire no te conoce tan bien como cree si piensa que yo te haré perder la cabeza. Figuradamente, claro.

―Tú me hiciste perder la cabeza una vez.

―Has evolucionado demasiado desde entonces. La Kate que Victoire conocía era pequeña, dócil, sensible… Pero ella no conoce esta versión de ti, la líder, la general, la protectora.

―¿No crees que sigo siendo sensible?

―Sí que lo creo, pero no creo que pierdas el foco como al principio. No creo que nadie vuelva a tener nunca tanto poder sobre ti. Eso te hace digna. Tu gente debería estar orgullosa de seguirte.

―¿Entonces no vas a intentar engatusarme? ―preguntó irónica, girándose para mirar el perfil de su hermoso rostro.

―¿Quieres que lo haga?

―Estaría bien, por los viejos tiempos.

―Ya… pero en los viejos tiempos, fuiste tú quien me engatusó a mí ―dijo Helsan―. Me embrujaste, cuerpo y alma, sin que apenas me diera cuenta.

Katherine rio al entender la referencia que había colado hábilmente entre sus palabras.

―Si pudieras tomar alguna decisión diferente, ¿lo harías?

―Nunca.

―No esperaba tal rotundidad.

―No me arrepiento de lo que tuvimos, Katherine. De la persona en la que me convertí gracias a ti, de lo que aprendí y de lo que evolucioné.

―¿Ni siquiera de tu destierro? ―preguntó delicada esta vez. Katherine conocía la sensibilidad del asunto.

―Mi dulce Katherine. ―Helsan giró entonces su rostro y sus poderosos ojos verdes la miraron por primera vez―. Si me hubiese quedado con los ángeles, jamás te habría conocido.

―¿Estás diciendo que…

―Sí, estoy diciendo que conocerte compensó todo aquello. Sí, Katherine. ¿Has venido hasta aquí para oírmelo decir?

―He venido hasta aquí porque aún me importas. Y me preguntaba qué significaba yo para ti.

―¿Has venido para hacerme elegir entre tú y ella?

―No.

―Pero…

―Pero yo sí que tuve que elegir Helsan. Sí que tengo que elegir. Porque lo vi muy claro en ella. En la persona que se había convertido. Lo sé ahora, y solo espero que tú te des cuenta antes de que sea demasiado tarde.

―Katherine…

―Calla ―suplicó la híbrida.

Katherine apoyó en su mejilla la mano que tenía libre, volviendo a sentir el calor de su rubor, teniendo muy presente que un cambio en el viento la haría salivar, porque el recuerdo del sabor de su sangre de oro no se disiparía nunca.

―No diré que has estado aquí. No informaré de nada.

―¿Por qué?

―Porque lo que me has hecho hoy aquí es un regalo, Katherine. Porque si me lo pidieras, correría de vuelta a tus brazos.

―Ojalá nunca tenga que luchar contra ti, Helsan ―susurró la híbrida, presionando su frente contra la de él.

―Tendrás que ser tú quien me mate. Siempre fuiste la más fuerte de los dos.

El cabello negro de Helsan rozaba la cara de Katherine, provocando cosquillas en ella.

―Si te pidiera ayuda, ¿me la bridarías?

―Por supuesto.

―¿Sin dudar?

―Sin dudar.

―¿Y si fuera para atacarla a ella?

―¿Estás comprobando mis límites?

―Es imprescindible conocer los límites de cada uno cuando se establece una asociación.

Helsan sonrió ante el comentario. Siempre sonreía ante ese tipo de comentarios, aunque ambos tuviesen cientos de años. El respeto mutuo siempre había sido algo esencial en su relación.

―Dime qué es lo que quieres. ―Helsan retiró su frente de la de ella―. Y te diré si puedo procurártelo.

Katherine, la líder que sabía que recabar información sobre sus enemigos era crucial para ganar la guerra algún día, decidió que ese era un riesgo asumible y calculado. Que aunque no podía confiar plenamente en Helsan mientras siguiera del lado de Victoire, sabía con una certeza palpable que la lealtad que se profesaban era uno de los sentimientos más poderosos que se alzaban tanto en él, como en ella. Pero también Katherine, quien había marchado al lado de Helsan hasta la ciudad de los ángeles y más allá, dispuesta a sangrar y matar con él, por él, también quería confiar en él. Katherine también quería aferrarse a la posibilidad de que él se diera cuenta de la realidad, y ese sería el momento en que su decisión llegaría. El momento en el que Helsan volvería.

La híbrida se sacó un móvil del abrigo y se lo entregó.

―Si quieres que nos veamos de nuevo, responde a mi mensaje cuando llegue. ―Katherine se levantó, soltando la mano de Helsan―. Si no respondes... asumiré que has vuelto con ella.

La híbrida comenzó a alejarse despacio, pero Helsan atrapó su brazo y ella se giró.

―Responderé ―prometió.

―Siempre me habéis parecido curiosos, los ángeles. Los que he conocido han dejado mucho, muchísimo que desear. Sin embargo, tú, el paria, eres el mejor de todos. ―Helsan bajó la vista al suelo. A diferencia de ella, nunca había sabido muy bien encajar los cumplidos―. No te merecen, Helsan. Ninguno de ellos. Sobre todo ella.

―Katherine…

―No, Helsan. Tengo que decirlo, y tú tienes que escucharme decirlo. Es mala. Victoire ha sido corrompida. Su ángel guardián ha extendido la sombra por su interior como una infección y ella ni siquiera ha intentado purgarla. El poder no viene de la nada. No es suyo, es malvado. Y tú sabes tan bien como yo que no podrá controlarlo. ―Katherine tomó la mano de Helsan, obligándolo a mirarla―. Perderá el control, y en ese momento, los que estén a su lado sufrirán.

―Katherine, por favor…

―Los únicos destinos posibles que hay para ella a estas alturas son morir en la guerra o convertirse en lo que juró destruir. Sé que es duro admitirlo, es muy duro que alguien a quien has protegido durante tanto tiempo resulte así y no poder hacer nada para recuperarla. Mi alma se agrietó, Helsan. Yo la quería tanto o más que tú. Era mi familia. Sabes que si hubiera algo que pudiese hacer para salvarla, lo haría. Me aferraría a cualquier posibilidad, pero nadie ha encontrado ninguna solución. Ni los vampiros, ni los lobos, ni siquiera las brujas.

―¡Katherine, basta! ―dijo Helsan, cortando sus palabras―. No puedo. Victoire puede reunirlos a todos, a todas las especies. Es ella, debe serlo.

El viento cambió de dirección y revolvió el cabello de Helsan, golpeando tan fuerte a Katherine que no pudo evitar que sus ojos cambiasen a dorado, que los vasos sanguíneos que recorrían su cara comenzasen a hacerse visibles.

Helsan se dio cuenta y levantó la mano hasta rozar su mejilla.

―Son dorados ―dijo con reverencia.

Ella no se los ocultó. No enterró la sed de sangre, simplemente la mantuvo al límite.

Katherine tomó la mano que se encontraba en su mejilla y besó su muñeca, notando como el pulso del ángel caído latía bajo sus labios, cómo su sangre dorada estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Sin soltar su muñeca, con la otra mano reclamó su cuello y lo atrajo hacia ella, creando un nuevo recuerdo de sus labios rozando los de él. Una nueva memoria que seguro la atormentaría. No importaba el tiempo que estuvieran separados, ni que actualmente ocuparan bando opuestos del mayor conflicto entre especies nunca visto, siempre que estaban juntos, todo lo demás dejaba de existir. El mundo se desdibujaba a su alrededor. Eran sus labios, eran los de ella. Eran Katherine y Helsan.

Pero esos instantes tan solo duraban unos segundos, con suerte algunos minutos. Nada más. Helsan le había dicho una vez que ella era su claridad. Ojalá eso bastase para hacerle ver.

Katherine rompió el contacto, y haciendo uso de su velocidad vampírica, se marchó como un suspiro, como si nunca hubiera estado allí. Sabía que Helsan dudaría de si había sido real.

 

Unos minutos después, se encontraba a las afueras del pueblo, reuniéndose de nuevo con David, que esperaba apoyado en la puerta del coche.

―¿Lo has conseguido? ―preguntó.

―Eso creo ―dijo Katherine, dirigiéndose a la puerta del copiloto, gesto que David interpretó a la perfección. No hizo más preguntas, simplemente subió en el coche y la alejó de allí―. Con Helsan nunca se sabe.

Katherine sabía que ver la realidad de Victoire le partiría el alma, peor que lo que había pasado con ella misma. Helsan la conocía desde que nació, incluso no siendo su ángel asignado, incluso ya estando sin alas, la había protegido y la había visto crecer. Katherine a veces deseaba egoístamente no haberlo visto. Pero no podía poner sus deseos personales por delante del bienestar de su pueblo. No lo haría.

―Tengo la sensación de que quieres decir algo más, pero también de que no debería preguntarte.

―A veces desearía que preguntaras.

―¿Te arrepientes de haberlo visto?

―Me arrepiento de la esquirla de hielo que he hundido en su corazón.

 

NOTA DE LA AUTORA

Por segunda vez, Katherine y Helsan protagonizan un relato. Siempre me ha atraído la idea hipotética de que aunque dos personajes estén en bandos enfrentados de un conflicto, no tienen por qué ser enemigos. No tienen que dejar de hacer concesiones. No tienen que dejar de amarse, o quizá no puedan. No creo que Katherine y Helsan puedan dejar de amarse, aun estando separados durante largos periodos de tiempo. Y desde luego, no se dejarán de respetar nunca, porque realmente se conocen el uno al otro. No tienen que fingir, sino que cuando están cerca, son la más pura e inalterada versión de sí mismos.

Este relato ocurre cronológicamente antes de que ambos tengan a la que será su hija, lo que significa que ocurre mucho antes del relato anterior (“un fallo de la naturaleza”).

Durante la revisión y edición de esta historia, la canción que sonaba era I Know The End de Phoebe Bridgers, pero, PERO, HE CREADO UNA PLAYLIST COMPLETA PARA ESTOS DOS PERSONAJES Y PUEDES ESCUCHARLA AQUÍ.

Nos vamos leyendo. x.

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